—Más razón hay de admirarnos nosotros en veros venir así solo, y con ese caballo del diestro; y debe de ser la causa que habéis tenido escaramuza con algún caballero cristiano y le habéis muerto, y le quitasteis el caballo.

—Yo me holgara que fuera así —respondió el afligido Muza—; mas decidme, señor Reduán, ¿es posible que no conocéis este caballo?

Reduán mirándole dijo:

—Si no me engaño es de Albayaldos: suyo es de cierto. Su señor ¿dónde queda?

—Pues lo preguntáis —respondió Muza—, yo os lo diré. Sabed que ayer en el juego de sortija, habiendo corrido el maestre de Calatrava sus tres lanzas, y ganado al mantenedor, Albayaldos entró en la plaza, y porque el maestre mató al rey Mahomad, primo de Albayaldos, desafió al maestre estando yo presente, y quedó que se habían de ver hoy en la fuente del Pino, llevando Albayaldos por su padrino a Alabez, y el maestre por el suyo a D. Manuel Ponce de León; y esta mañana fui a palacio y no vi a Albayaldos ni a Alabez, y acordándome del desafío, sin dar cuenta a nadie fui por la posta a la fuente del Pino, y allí vi a los cuatro caballeros; hice todo lo posible porque no pasase adelante el desafío, y ya lo había alcanzado del maestre; pero Albayaldos estaba tan pertinaz, que no quiso sino proseguir la escaramuza. Alabez y D. Manuel tenían antes de ahora comenzada una escaramuza, y por cierta ocasión no fue fenecida, y hoy la quisieron fenecer, de suerte, que padrinos y ahijados riñeron cruelmente, y al fin por caer de su caballo fue muy mal herido Albayaldos, el cual vencido, al punto de su muerte dijo que quería ser cristiano. Alabez también fue muy mal herido y vencido por D. Manuel Ponce de León; y si no fuera por mí, allí muriera. Pedile de merced otorgase la vida a Alabez, y fue tan noble que dejó de matarle y me lo entregó. Yo le apreté las heridas y se vino, y entiendo que está curándose en Arbolote. El maestre bautizó a Albayaldos, y le puso por nombre D. Juan, y a poco rato murió llamando a Jesucristo: antes que muriera me rogó muy encarecidamente que le diese sepultura debajo de aquel pino, y así lo hice, y de sus armas hice un honroso trofeo, y lo colgué encima de su sepultura. Todo esto pasa como lo he contado: ahora hacedme placer de decirme adónde vais, por si os puedo servir en algo.

—Obligación hay —dijo Gazul— de daros cuenta de nuestra venida, pues nos la habéis dado de este suceso, y respondiendo a estas cosas, digo que siento en el alma la muerte de Albayaldos y las heridas de Alabez, por ser dos caballeros en quien el rey tenía puestos los ojos por su valor. La causa de nuestra venida es, que el señor Reduán me trae desafiado, solo porque Lindaraja me ama y a él le aborrece, y para esto vamos a la fuente del Pino por ser lugar apartado.

Admirose el fuerte Muza del caso, miró a Reduán y le dijo:

—¿Pues es posible que queráis que os ame por fuerza la dama? Nunca forzoso amor es perfecto. De suerte que si ella quiere a otro, ¿queréis tener escaramuza con quien no os debe nada, y dejáis la culpa sin castigo, y ponéis la vida en contingencia de perderla? Si ella no os quiere, buscad otra, que abundancia hay de damas, siendo vos como sois un caballero tan estimado en el reino, así en valor de la persona, como en bienes y linaje. Por cierto bien parecería que saliesen a reñir cada día los caballeros más estimados por esos negocios, y se matasen; y al tiempo de la necesidad, como cada día vemos que la hay, por tener los cristianos a la puerta, ¿quién saldría a los rebatos y escaramuzas? Mirad en que paró Albayaldos por no tomar mi consejo. No paséis adelante, sino volvamos a Granada. Bien sabéis, señor Reduán, que yo amaba a Daraja, y a los principios me hizo favores, cuantos a hombre se le podían hacer; y sin causa, solo por su gusto me aborreció, y puso los ojos en Zulema Abencerraje. Cuando vi de cierto que no me quería, aunque luego lo sentí mucho, procuré olvidarla, y me consolé considerando que no hay veletas de torres tan mudables como ellas. ¿Fuera bueno que la ingratitud que Daraja usó conmigo me lo pagara Zulema y le matara, no teniendo culpa? Disparate fuera muy grande. En lo que me vengo de Daraja es en no mirarla, y en hacer a mi dama mil ofrendas en presencia de ella, y esta es mucho mayor venganza que si la matara. Por vuestra vida, muy esforzado Reduán, que cesen todos vuestros rencores, y nos volvamos a Granada.

Con esto cesó el valiente Muza, y Reduán respondió diciendo:

—Es tan grave mi tormento, y tan grande el infierno que arde en mis entrañas, que no me deja reposar porque de noche arde en mi pecho un mongibelo, y de día me enciende un volcán, sin cesar de abrasarme, de modo que para mitigar el fuego en que me abraso, no aguardo sino la acerba y cruda muerte.