—Quiero preguntar, señor Reduán —dijo Muza—, qué remedio pensáis sacar después de muerto de todos vuestros males.

—Descanso —respondió Reduán.

—Y sepamos —dijo Muza— si acaso en la escaramuza que pretendéis hacer, matáis a Gazul, y averiguadamente la dama os aborrece más; y si por haberla privado de su gusto, y por vengarse de vos, pone los ojos en otro, ¿le habéis de matar también?

—Ahora querría acabar esta escaramuza —respondió—, que después el tiempo me dará orden a lo demás.

Visto Muza que se iban, y que no había podido reducir a la razón a Reduán, se fue con ambos, con esperanza de aplacar la escaramuza; y tan buena priesa se dieron a caminar que en breve tiempo llegaron a la fuente del Pino; y en parando, Muza ató al pino el caballo de Albayaldos, y les enseñó el sepulcro, y de nuevo volvió a rogar a Reduán que no prosiguiese en su intento, y que dejase aquella empresa que no importaba.

Reduán sin responder palabra dijo a Gazul:

—Ea, robador de mi gloria, ahora estamos en parte donde se ha de acabar de perder mi esperanza.

En diciendo esto empezó a escaramucear por lo llano, y a llamar a Gazul que viniera a la escaramuza.

Gazul enfadado del arrogante contrario, como quien pretendía privarle de todo punto de su bien, y frustrarle la esperanza que tenía de gozar a Lindaraja, sin hacer flores de escaramucear, en un momento se juntó con Reduán con una ardiente cólera, y se comenzaron a dar tan terribles golpes de lanza, que era admiración. Reduán rompió a su contrario la adarga y jaco, y le dio una pequeña herida, de la cual salía mucha sangre.

Gazul viéndose así herido a los primeros golpes, para vengarse aguardó que Reduán se ladease con el caballo para herirle en el descubierto; y sucedió como lo imaginó, porque Reduán quiso volver con otro golpe, y fue rodeando para ejecutarle, y se le acercó cuanto pudo.