Con esta riña, que parecía hundirse Granada, salieron todos a la calle continuando su pendencia; pero como los moros que ponían paz eran muchos, y de mucho valor, que eran Sarracinos, Bencerrajes, Gazules, Almohades y Almoradís, tanto hicieron que los pusieron en paz, aunque con dificultad, porque los de la pendencia eran muchos, y había muertos de por medio.

El rey Chico fue avisado de lo que pasaba, y salió del Alhambra, y fue adonde era la cuestión, y aún no estaba de todo punto el negocio acabado. Los caballeros de la pendencia, así como reconocieron al rey, se apartaron, y se fue cada uno por su parte.

Hecha la averiguación del caso, mandó prender a los caballeros Abencerrajes, les dio por cárcel la Torre de Comares, y a los Zegríes mandó poner en las Torres-Bermejas, a los Gomeles en la Alcazaba, a los Mazas en el castillo de Bibatambién, a los Alabeces en la casa y palacio de Generalife, y los Venegas en una torre fuerte de los Alijares; y el rey muy enojado se subió al Alhambra, diciendo:

—Por Mahoma juro, y por mi corona, que he de apaciguar estos bandos, con quitar seis cabezas a cada linaje.

Los caballeros que le iban acompañando le suplicaron que no hiciese tal, porque eran la mapa de la ciudad, y todos bien emparentados; y si hacía cualquier castigo, se alborotaría la ciudad, y aun todo el reino, y habría un escándalo, que quisiese luego remediarlo, y no pudiese; que lo mejor sería hacerlos amigos, a cuyo trabajo y cuidado ellos se obligaban.

Finalmente, aplacado algún tanto el rey con lo que dijeron los caballeros, les encargó que hiciesen con brevedad las amistades.

Hicieron tanta diligencia los Aliatares, Bencerrajes y Almoradís, que en espacio de cuatro días todos los caballeros que riñeron, fueron amigos, y las muertes perdonadas, llevando las justicias gran cantidad de dinero para la Cámara real.

Esto pasado soltaron a los presos, cuando los Zegríes muy lastimados apellidaron entre ellos venganza de tanto daño y deshonra, y para contrastarla, se juntaron un día todos los Zegríes y Gomeles en un jardín muy deleitoso de una huerta junto a Darro, y después de haber comido todos a una mesa, estando sentados por su orden, un caballero Zegrí, a quien los demás respetaban por mayor y cabeza de ellos, hermano de aquel Zegrí que mató Alabez en el juego de cañas, comenzó a hablar, mostrando grande tristeza, y a decir así:

—Valerosos caballeros Zegríes, deudos y amigos míos, y vosotros los Gomeles, advertid lo que quiero deciros con lágrimas de sangre. Ya sabéis en cuánto se debe estimar la honra; cuánto cuesta conservarla, y que en un instante se pierde; y una vez perdida, no se cobra jamás: dígolo, porque en Granada nosotros los Zegríes, y vosotros los Gomeles, estamos puestos en el trono y alteza que podemos desear: el rey nos estima, la ciudad nos ama, riquezas tenemos abundantemente, y estos caballeros mestizos Abencerrajes procuran quitarnos el honor y abatirnos, y nos han muerto a mi hermano, y otros tres o cuatro deudos, y asimismo de los caballeros Gomeles, haciendo de nosotros infame menosprecio. Todo esto pide entera venganza; porque si no la procuramos presto, harán los Abencerrajes que no seamos nada, y que nadie nos estime; y para el reparo es menester, por todas las vías y modos que se pudiere, que busquemos cómo seamos vengados, y nuestros enemigos aniquilados y destruidos, porque nos quedemos en nuestra honra permanecientes. No se puede hacer por fuerza de armas, respecto que el rey puede proceder contra nosotros; pero tengo imaginado un buen medio, aunque no es a ley de caballeros, sino para vengarnos de nuestros enemigos.

Un caballero de los Gomeles respondió: