—Señor Zegrí Mahomad, ordenad lo que conviene, que aquí os seguiremos.
—Pues sabed —dijo el Zegrí— que he determinado poner mal a los Abencerrajes con el rey, de modo que ninguno viva, diciendo que Albid Hamete, cabeza de ellos, cometió adulterio con la reina; y he de atestiguar con vosotros, y habéis de decir que es verdad lo que yo digo, y que a quien nos contradijere, se lo daremos a entender; y que los Abencerrajes le pretenden matar y quitar el reino, y con esto sin duda que el rey los mandará degollar a todos; y dejadme el cargo, que yo daré la orden para ello. Este es mi pensamiento, amigos y parientes, ahora dadme vuestro parecer, y sea con secreto, porque ya veis lo que importa.
Acabando el Zegrí su diabólica y mal pensada razón, todos dijeron a una que estaba bien acordado, y que se hiciese así, que todos favorecerían su intención. Luego fueron señalados dos caballeros de los Gomeles para que el Zegrí y ellos propusiesen el caso delante del rey.
Acabada de tratar esta tan insolente traición, fueron a la ciudad, donde estuvieron con su dañado pensamiento aguardando tiempo y lugar para ponerlo en ejecución; y así los dejaremos a ellos, y volveremos al moro Aliatar, que estaba enojado por lo que en su casa había sucedido, y triste por la muerte de su primo Albayaldos, y juró de vengar su muerte, y propuso de ir a buscar al maestre para matarle; si pudiese; y para esto no quiso dilatar más su deseo, sino luego se puso un jaco acerado sobre un estofado jubón, y una marlota leonada sin guarnición, y púsose un acerado casco, sobre él un bonete leonado, y en él un penacho negro.
Trajéronle un caballo enjaezado de negro, lanza y adarga negra, sin otra señal ni divisa; salió tan gallardo y brioso, que pocos le igualaron en la ciudad, y llegando a la plaza nueva, vino bajando el camino de Antequera para buscar al maestre, o a otros cristianos en quien vengar la muerte de su primo Albayaldos.
Habiendo pasado de Loja vio un escuadrón de cristianos, que venía para entrar en la Vega, los cuales traían un pendón blanco y una señal roja, la cual era la cruz de Santiago, y por capitán de esta gente venía el maestre de Calatrava, que ya estaba sano de sus heridas por haberlas curado con precioso bálsamo.
Aliatar conoció ser aquesta señal del maestre, porque él le había visto muchas veces en la Vega; y arrimándose al escuadrón, dijo en voz alta:
—¿Por ventura viene aquí el maestre de Calatrava?
El maestre que esto oyó, se adelantó de su gente, y le dijo al moro:
—¿Para qué preguntas por él?