La batalla estaba tan sangrienta, que era admiración, porque había tantos cuerpos de hombres y caballos muertos, que apenas podían andar; pero no por eso dejaban de pelear con mucho esfuerzo ambos ejércitos.
El valiente Alabez hacía por su persona grandes estragos en los cristianos; lo cual visto por Alonso Fajardo, valeroso soldado, y alcaide de Lorca, se maravilló de ver la pujanza del moro, y arremetió con él con tanta braveza que el moro se espantó, y sintió bien su valor; pero como no había en él cobardía, resistió con ánimo la fortaleza de Fajardo, dándole grandes botes de lanza, que a no ir bien armado el alcaide, muriera allí, porque le sirvieron de poco las fuerzas, por ser mayores las de Alonso Fajardo; y habiendo el invencible y valiente alcaide quebrado su lanza, en un instante puso mano a su espada, y con un valor nunca visto se fue para Alabez, y con tanta velocidad y presteza, que no pudo el gallardo moro aprovecharse de la lanza y la perdió, y puso mano al alfanje para herir a Alonso Fajardo: mas el valeroso alcaide, no mirando el peligro que le seguía, cubierto con su escudo arremetió con Alabez, y le dio un golpe sobre la adarga, que le cortó gran pedazo de ella, y asiósela tan fuertemente con la mano izquierda, que casi le desencajó de la silla; y Alabez que le vio tan cerca, le tiró un golpe a la cabeza pensando acabar con él, y si Fajardo no le hurtara el cuerpo, le hiriera; y en esta ocasión cayó el caballo del moro, porque estaba desangrado, y no se podía tener. Apenas Alabez estuvo en el suelo, cuando los peones de Lorca le cercaron maltratándole.
Alonso Fajardo como vio al moro en tal estado, se apeó, y fue a él, y echole los brazos encima con tal fuerza, que Alabez no pudo ser señor de sí. Los peones entonces arremetieron con él, y le prendieron, y Alonso Fajardo mandó que le sacasen de la batalla, y así lo hicieron.
Todavía andaba muy revuelta y sangrienta la batalla, y no parecía ninguno de los capitanes moros, lo cual causó en sus soldados mucha cobardía, y ya no peleaban como antes, ni con aquel brío. La gente de Lorca peleó belicosamente este día, y no menos la de Murcia, que se vio bien su valor.
El capitán Abidbar, como no vio ningún alcaide, ni capitán de los suyos, se salió de la batalla, y desde un alto miró su ejército, y le vio en mal estado; y volviendo como un león a la batalla, le dijeron unos soldados suyos:
—¿Qué aguardas? Ya no ha quedado ningún alcaide ni capitán moro: Alabez de Vera está preso.
Oído esto por Abidbar, perdió la esperanza de la victoria, y así mandó tocar a recoger. Oyendo los moros la reseña se retiraron, y mirando por su general, le vieron ir huyendo por la sierra de Aguaderas, y ellos atemorizados le siguieron.
Los cristianos les iban en alcance hiriéndolos, que de todos no se escaparon trescientos. Siguiéronlos hasta la fuente del Pulpí, junto a Vera, y este día consiguieron los cristianos una singular victoria. Era día de S. Patricio, y Lorca y Murcia le celebran en memoria de la victoria.
Volviéndose los cristianos alegres a Lorca, y cargados de despojos, Alonso Fajardo se llevó a su casa al capitán Malique Alabez, y queriendo entrarle preso por un postigo de un huerto, le dijo Alabez:
—No soy hombre de baja suerte, que he de entrar por ahí, sino por la puerta real de la ciudad.