—Dime, querido señor mío, ¿qué fue la causa que el día de S. Juan habiendo corrido con Abenámar las tres lanzas en el juego de la sortija, luego saliste de la plaza, y no pareciste más en aquellos cuatro o seis días? ¿Fue porque perdiste la joya, o por qué? Que te prometo que lo deseo saber.

—Querida esposa y señora mía, la causa fue porque perdí tu retrato bello y la rica manga labrada de tu mano, y por la vergüenza que me ocupaba de parecer en tu presencia, y por saber que Abenámar ordenó aquel juego por vengarse de los dos: de ti, porque le desdeñaste; y de mí, porque una noche le herí debajo de tu balcón, estándote dando una música, que bien creo que tendrás noticia de ello; y viendo que fortuna le favoreció tan a medida de su deseo, y que a mí me había sido contraria, me dio tan gran tristeza y desesperación, que enfermé de melancolía y maldecí mi poca ventura; renegué del falso Mahoma, y prometí y juré a fe de caballero, de ser cristiano, y lo tengo de cumplir, aunque sobre ello muera, porque tengo por mejor la fe de los cristianos, que no la burlaria de la secta de Mahoma; y si tú me quieres bien, como dices, has de ser cristiana, que yo sé que el rey D. Fernando nos hará grandes mercedes por ello.

Con esto cesó, aguardando la respuesta que le daría Galiana, la cual luego le respondió:

—Señor, y esposo, no puedo yo huir en ninguna manera de tu voluntad; antes seguirela en todo y por todo; tú eres mi señor y marido, a quien yo di y entregué mi corazón; y así digo, que no iré contra tu gusto en cosa ni en parte; y más, que yo sé que la fe de los cristianos es mucho mejor que el Alcorán, y así prometo de ser cristiana.

—Acrecentádome habéis las mercedes de todo punto —dijo Sarracino—, y no esperaba menos de tan leal y firme pecho.

Y diciendo esto la abrazó entre mil ternezas, y así pasaron toda aquella noche.

Venida la mañana, los grandes de la corte se juntaron y ordenaron que Abenámar, pues era tan buen caballero, se casase con Fátima, ya que en su servicio había hecho tan grandes cosas. Los Zegríes no quisieron que aquel casamiento se hiciese, por cuanto Abenámar tenía amistad con los Abencerrajes; las cuales contradicciones no aprovecharon porque el rey gustó de que se casaran, y todos los caballeros fueron en que se efectuase.

Hecho el casamiento, las fiestas se aumentaron, haciendo cada día zambra y muchas danzas y juegos; de modo que no había otra cosa en la corte sino galas, invenciones, máscaras y regocijos; y los dejaremos en ellas por contar lo que le sucedió a Reduán en la Vega, yendo desesperado por verse aborrecido de Lindaraja que amaba a Gazul.

Pues es de saber que como salió de la ciudad se fue por el río Genil abajo, y llegó al Soto de Roma, que es un soto muy agradable, de mucha espesura de árboles; y hoy día quien no tiene muy andadas las veredas se pierde en él: hay dentro infinidad de caza volátil y terrestre, y estará de Granada el principio del soto legua y media, teniendo de ancho y largo más de cuatro leguas.

Allí vio una escaramuza muy reñida entre cuatro moros y cuatro cristianos, por causa de que les querían quitar una mora muy hermosa, y la defendían, aunque con pérdida y trabajo, por ser los cristianos de mucho valor. La mora miraba su escaramuza derramando abundancia de lágrimas.