Reduán espoleó su caballo para favorecer a los moros; pero por priesa que se dio ya habían muerto a los dos, y los otros andaban a mal traer; y temerosos de la muerte desampararon a la dama, y volvieron las espaldas a todo correr de sus yeguas.

A esta sazón llegó Reduán, y mirando a la hermosa mora la vio vertiendo perlas por los ojos, y que acrecentaba más su triste llanto viendo muertos dos de sus guardadores, y que los otros dos se habían ido huyendo.

Movido de compasión el valiente Reduán, por librarla del poder de los cristianos, y sin hablarles palabra, los acometió, y del primer encuentro hirió al uno muy mal en un descubierto de la adarga, de modo que vino a tierra; y revolviendo su caballo con gran ligereza y velocidad, se apartó de los tres cristianos escaramuceando un gran trecho, y luego tornando como un pensamiento sobre ellos, de un encuentro derribó a otro caballero del caballo, mal herido.

Los dos cristianos que quedaban embistieron a Reduán, y el uno de ellos le dio una gran lanzada, de suerte que quedó herido de una mala herida; el otro caballero, aunque le entró, no le hirió y rompió su lanza. Reduán viéndose herido, se apartó de ellos, y con muy bravo ánimo les volvió a embestir, de suerte que derribó del caballo al que estaba sin lanza.

El cristiano que estaba solo hirió a Reduán segunda vez, y él encolerizado acometió al cristiano para herirle, mas no se atrevió a esperarle por verse solo, pues los compañeros estaban en el suelo mal heridos, y los caballos andaban sueltos por el campo.

Los dos moros que habían ido huyendo se detuvieron por ver el fin de la batalla; y visto cuán en breve había desbaratado aquel moro a los cuatro cristianos, volvieron espantados adonde había dejado a la mora, la cual estaba admirada del valor del moro.

Reduán estaba hablando con ella maravillado de su hermosura, que le parecía ser mayor que la de Lindaraja y la de todas las damas de Granada; y así era verdad, que era la más hermosa de todo el reino. Estaba Reduán tan rendido a la mora, que no se acordaba de Lindaraja, y solo se ocupaba en mirarla, y la preguntó quién era.

En esto llegaron los dos moros, y dándole las gracias del socorro le dijeron así:

—Señor caballero, Mahoma os trajo aquí a tal tiempo, que si vos no vinierais, nosotros del todo fuéramos perdidos y muertos a manos de aquellos caballeros cristianos; y lo que más nos pesara es perder esta dama que traemos a nuestro cargo, y porque parece que estáis herido, según demuestra esa sangre, vamos la vuelta de Granada, y en el camino diremos lo que habéis preguntado; y mirad si de estos caballeros cristianos se ha de hacer alguna cosa.

—No —dijo Reduán—, básteles estar heridos; cogedles los caballos, dádselos, y váyanse.