De esto se maravillaron los moros, y cogieron los caballos y se los dieron a los cristianos, y ellos tomaron la vía de Granada.

Yendo Reduán junto a la hermosa mora, la cual no menos pagada iba de Reduán que él iba de ella, el uno de los dos moros comenzó a hablar de esta manera:

—Habéis de saber, señor caballero, que éramos cuatro hermanos y una hermana, que es la que presente veis: de los cuatro, por nuestra desdicha, ya habéis visto como quedan allí los dos muertos a manos de los cristianos, y aun habemos sido para tan poco los dos que quedamos, que aún no les dimos sepultura; pero querrá el santo Alá que hallemos algunos villanos que pagándoselo quieran dársela. Nuestro padre es alcaide de la fuerza de Ronda; y como supimos que en Granada se hacían tan grandes fiestas, pedimos a nuestro padre, Zaide Hamete, licencia para venir a verlas. Pluguiera al santo Alá que no hubiéramos venido, que nos ha costado dos hermanos, y afrentosamente huimos y dejamos en tan notable peligro a nuestra hermana Haja, si vos, señor, no lo remediárades. Esta es, señor caballero, nuestra lastimosa y verdadera historia; y pues ya, señor, habéis sabido nuestro viaje, y también quién somos, recibiremos merced, si sois servido, que nos digáis de dónde sois y cómo os llamáis, para que sepamos a quién somos tan obligados.

Reduán les respondió:

—Holgado me he, caballeros, de saber quién sois; bien conozco a vuestro padre, y conocí a vuestro abuelo Almadán, a quien mató D. Pedro Sotomayor. Pésame de no haber venido antes, que yo sé que no hubieran muerto vuestros hermanos, y huélgome mucho de haberos servido en algo, y lo haré cada y cuando que se ofrezca; y por si os queréis servir de mí, y daros gusto, os diré quién soy: llámanme Reduán, y soy de Granada; vamos allá a mi casa, y será vuestra, donde os haré regalar y servir conforme merecéis.

—Gran merced, señor Reduán —respondieron ellos—, por el ofrecimiento que nos hacéis; deudos tenemos en Granada donde podemos ir a posar, cuanto más que por la desgracia sucedida nos detendremos muy poco en la ciudad, especialmente siendo ya pasadas las fiestas.

En esto iban hablando los dos hermanos de Haja, y Reduán, cuando vieron venir dos leñadores que con sus bagajes iban por leña al dicho soto, y en llegando a ellos dijeron los dos hermanos a Reduán:

—A buen tiempo han venido estos villanos, que podría ser quisiesen dar sepultura a nuestros hermanos, pagándoselo.

—Yo se lo rogaré —dijo Reduán, y habló a los villanos diciendo—: Hermanos, por amor del santo Alá, que deis sepultura a dos caballeros que están allí bajo muertos, que os será bien pagado.

Los villanos dijeron, que de buena gana lo harían, sin interés alguno. Los hermanos suplicaron a Reduán esperase allí en compañía de su hermana, en tanto que iban a ayudar a enterrar los muertos, que seguros iban, quedando ella con él, y a traer los caballos, siquiera porque no se aprovechasen de ellos los cristianos.