—Mucho me holgara de acompañaros —dijo Reduán—; pero pues es vuestro gusto que yo quede con vuestra hermana, soy contento.

Los moros se lo agradecieron mucho, y se fueron con los villanos para dar sepultura a sus hermanos, y cobrar los caballos perdidos.

El valiente Reduán ardiendo en llamas de amor por la hermosa Haja, y viendo la oportuna ocasión por estar solos, la dijo de esta suerte:

—O fue ventura, o desdicha mía haberos hallado en esta parte; en un punto vi muerte, vida, cielo, suelo, tempestad, bonanza, paz y guerra; y lo que más siento, es no saber el fin de una tan extraña aventura, como es la que la fortuna me ha ofrecido: de suerte estoy suspenso, Haja hermosa y bella, que no estoy en mí, sino en ti. No sé dónde vaya sino a ti; temo declarar mi mal, muero si no lo declaro, ardo en vivas llamas, estoy más helado que los Alpes de Alemania. No sé si hable, o calle, oh bellísima señora: por mejor medio elijo declararte lo que mi alma siente, para que des vida a quien le va faltando, pues tú eres la verdadera medicina, y salutífera a mi enfermedad. Sabrás, vida de esta mía, que en la dichosa hora que vi tus soles llorosos por la escaramuza de que tú eras la causa, luego comencé a pelear con cinco contrarios, cuatro los cristianos, y otro tú; vencilos, y te libré; y tú me venciste y cautivaste: ¿con qué armas peleaste, que tan presto me venciste? Pero, ¿para qué lo pregunto, pues eres semejanza y cifra de la hermosura, dotada en discreción, bravo donaire, brío y gentileza? Estas son las armas con que peleaste conmigo. No hallaste en mí resistencia porque de mis potencias estabas apoderada: tu siervo soy, y tú mi señora y mi bien. Adórote, no me aborrezcas; estímote, no me menosprecies, no seas ingrata a mi pecho fiel, amoroso y verdadero: corresponde a mi casto amor, pues te admito por mi esposa, y dame respuesta piadosa.

Y diciendo esto enmudeció. Haja le respondió, diciendo:

—Noble, brioso y esforzado caballero, aunque sin experiencia de causas de amor, por ser doncella de catorce años, recogida y noble, que presto sabrás quien soy, luego reconocí ser tu accidente de amorosas llamas, y a lo que me has dicho, digo que sea así por no contradecirte; pero bien sé que los hombres, por conseguir su lascivo deseo, dicen mil lisonjas vanas, y otras cosas o cuitas en daño de las tristes mujeres, que de ligero se creen. Quiero resolverme y responder, porque veo venir a mis hermanos, que si tú me amas, soy tu rendida; si con facilidad me quisiste, con fuerza te adoro; si te parezco bien, me parece que no hay otro en la tierra como tú. Y si como dices, me quieres por esposa, pide a mis hermanos que alcancen el sí de mi padre, que el mío en tu boca está; y te prometo que será tan imposible faltar esta ferviente fe que tengo, como pedir a la nieve que caliente, al sol que resfríe y que no alumbre, y como ver en el suelo el firmamento estrellado. Tanto es lo que te quiero, moro, que en mi alma moras; y porque llegan mis hermanos, mudemos plática, no apartándome de tu pensamiento, como yo no te aparto del mío; y cuando caminemos, como que no me has dicho nada, puedes tratar con mis hermanos el casamiento: y de no querer mi padre, ni mis hermanos que me case contigo, que no me persuado a que den tan mal pago a una obligación tan grande como te tenemos, y más siendo tan principal caballero, que nosotros ganamos en que tú me quieras por esposa, yo quiero, si tú me quieres; tuya soy, pues me libraste de poder de los cristianos, que es cierto que había de ser su cautiva. Pues tanto más me ha valido el trueque, dichosa suerte ha sido la mía, aunque he perdido dos hermanos, en haber venido por aquí, resultándome tanto bien de querer ser tú mi esposo; y en señal de que seré tuya, para que estés confiado en mi palabra, toma esta sortija del dedo del corazón, y ponla en el tuyo, pues el mío tienes en él.

Y diciendo esto sacó una sortija de oro, con una esmeralda trasparente y fina, y se la dio a Reduán, el cual la tomó con mucha alegría, y besándola mil veces la puso en su dedo, quedando el más contento y favorecido amante del mundo.

Quisiera el enamorado moro dar respuesta a su querida mora; pero no hubo lugar, porque llegaron sus dos hermanos, bañados los rostros en lágrimas por el dolor de sus dos caros hermanos, a quien venían de enterrar y traían sus caballos del diestro. La hermosísima Haja no pudo dejar de llorar los ya difuntos hermanos. Reduán los consolaba lo que podía, diciéndoles palabras muy eficaces para ello; y con estas y otras pláticas entraron en Granada.

Era ya de noche, y dijeron los hermanos a Reduán, que les diese licencia para ir a posar en casa de un deudo suyo, que era de los Almadenes, y vivía en la calle de Elvira. Reduán les dijo que hiciesen su gusto y los acompañó hasta la posada; y despidiéndose de ellos se volvió a su casa.

Mas al tiempo de despedirse no apartaba la vista de sus ojos el uno del otro amante, de tal manera que apartándose se consideraba sin alma Reduán, por quedársele con su señora; y Haja asimismo, por llevársela Reduán.