Los caballeros y la dama fueron bien recibidos de su tío, quien recibió mucha pena por la muerte de sus dos sobrinos.

A otro día por la mañana se vistió Reduán, y fue al real palacio por besar las manos al rey, el cual en aquella hora se acababa de levantar y vestir para ir a la Mezquita mayor, a ver el zalá que se hacía por un moro de su secta llamado Gidemahojo; y viendo a Reduán vestido de marlota y capellar verde, y plumas verdes, alegrose grandemente con su vista, porque había muchos días que no le había visto; y le preguntó dónde había estado, y cómo le había ido en la escaramuza con Gazul. Reduán le satisfizo, diciendo que Gazul era buen caballero, y que Muza los había hecho amigos.

Con esto el rey y los demás caballeros que le salían a acompañar, que por la mayor parte eran Zegríes y Gomeles, se fueron a la mezquita, y con muy grande aplauso se hizo el zalá y alcoranas ceremonias, y se volvieron al Alhambra; y en entrando en su palacio real hallaron a la reina y sus damas en la sala, porque era costumbre del rey Chico; y así lo tenía mandado, que en cualquier tiempo que saliese, a la vuelta había de estar la reina y sus damas en la sala por solo su gusto, y porque se holgaba de verlas; y más a Celima, que la amaba en supremo grado, por lo cual él y el capitán Muza tuvieron muchas diferencias, como adelante se dirá.

Entraron en palacio con todos los caballeros de su corte, y todas las damas pusieron la vista en la bizarría de Reduán, espantadas de la mudanza de librea. Lindaraja le miraba de propósito, y admirada de que no la miraba, dijo entre sí:

—Disimula Reduán su pasión: bien hace, que no ofenderé a mi Gazul.

La reina dijo a Lindaraja:

—Todavía tiene esperanza Reduán de gozarte.

Respondió Lindaraja:

—Bien puede desistir de ese pensamiento, porque estoy muy fuera de él.

Dijo la reina: