—Pues en verdad que tiene buen talle, y es galán y discreto Reduán, y que cualquiera dama se puede tener por dichosa en ser suya.

—Así es, señora, Reduán merece mucho, y de no haber puesto mi afición en Gazul, es sin duda que ninguno sino él fuera señor de mí.

Con esto callaron, porque no advirtiesen las otras damas en lo que hablaban.

A esta sazón le dijo el rey a Reduán:

—Bien te acordarás que me diste palabra de ganar a Jaén en una noche: si lo cumples, como me lo prometiste, te daré doblado el sueldo de capitán; y si no lo cumplieres, me has de servir en una frontera, privado de la vista de tu dama. Por tanto apercíbete a la empresa, que yo iré en persona a la conquista, que estoy muy sentido de estos cristianos de Jaén, porque cada día nos corren la tierra, y talan la Vega; y pues ellos me vienen a buscar tantas veces, será bien que vaya yo a buscarles una, y que de esta se concluya con todos.

Reduán le respondió con rostro alegre, diciendo:

—Si algún tiempo di palabra de darte a Jaén ganada en una noche, de nuevo lo confirmo, con que me des mil soldados de los que yo señalare, que yo os cumpliré lo dicho.

El rey dijo:

—No digo mil soldados, sino cinco mil te daré, y aunque yo vaya, tú has de ser capitán de todos.

—Estimo mucho la honra que me hacéis —dijo Reduán—, y yo me holgaría de acertar a servirte como deseo. Tu Majestad señale la gente y día que hemos de partir, que desde luego estoy dispuesto y obediente a tu gusto.