—No espero menos de ti, y no perderás el servicio que me hicieres: los caballeros que irán contigo serán Abencerrajes, Zegríes, Gomeles, Mazas, Venegas, Maliques y Alabeces, que bien sabes el valor de todos, y sin estos irán los demás caballeros e hidalgos, pues yo voy a la jornada.
Diciendo esto entró un portero, y dijo al rey que pedían licencia una dama y dos moros forasteros para besarle las manos. El rey dijo que entrasen.
Luego entraron por la sala dos caballeros de buena gracia, marlotas y capellares, borceguíes y zapatos negros; enmedio de ambos venía una dama vestida de negro, tapado el rostro con un cabo del almaizar que no descubría más que dos luceros, y bien se echaba de ver por la hermosura de ellos, que debía de ser perfecto en todo.
Maravillado el rey de sus funestos trajes, les dijo:
—¿Qué es lo que queréis?
Haciendo gran reverencia al rey y a la reina, y a las damas que allí estaban, propuso el moro lo siguiente:
—Nuestro principal intento ha sido venir a besar tus reales manos y las de mi señora la reina, y a que conozcas estos tus siervos. Nosotros tres somos nietos de Almadán, alcaide que fue de Ronda, y ahora lo es nuestro padre; y como tuvimos noticias de las fiestas que en esta ciudad se hacían, por celebrar los casamientos que tu Majestad ha hecho en ella, acordamos de venir a verlas. La fortuna no quiso que las gozásemos, y fue la causa que el día de las fiestas, en un lugar de grandes espesuras que se dice el Soto de Roma, de improviso nos asaltaron cuatro caballeros cristianos, muy valerosos, y tanto, que aunque nosotros nos defendimos por amparar esta doncella, que es hermana nuestra, pudieron tanto, que de cuatro hermanos que éramos, nos mataron los dos, y nosotros con temor de la muerte huimos, y si no fuera por el valor de este caballero que está junto a vuestra Majestad, todos nos perdiéramos —y diciendo esto, señaló con el dedo al fuerte Reduán—: que venció con su valentía él solo a tres cristianos, y el otro huyó. Venimos a darle las gracias al vencedor caballero que estaba consolando a nuestra afligida hermana, y dio licencia a los vencidos cristianos para que fuesen libres, sin quitarles ningún despojo; benignidad de noble caballero nunca vista, que con quedar herido no quiso vengarse. Os certifico, señor, que si todos los caballeros de vuestra corte son como Reduán, podéis conquistar el mundo, porque vimos que de tres botes de lanza derribó tres cristianos mal heridos, y el otro huyó. Acordamos de venir a besar las manos de vuestra Majestad, y a pedir licencia para ir a contar a nuestros padres esta desdicha.
Con esto no dijo más el moro, mostrando mucha tristeza, y la misma mostró el otro hermano y la doncella.
Mucha admiración causó al rey la tragedia, y la ventura de ir Reduán por aquel sitio para remediar la dama; y volviéndose a Reduán le dijo:
—Grande era el amor que te tenía, y con esta hazaña le has acrisolado más, y desde hoy te encargo la alcaidía del castillo de Tíjola, que está junto a Purchena.