Todos los caballeros tuvieron a heroico hecho el que hizo Reduán, y le alababan mucho; lo cual lastimaba a Lindaraja, que estaba casi arrepentida por haber despreciado a Reduán.

El rey les dijo a los dos hermanos:

—Pues es vuestra voluntad de iros, id en buen hora, que licencia tenéis; pero antes que os vais querría ver el rostro de esa dama por mi gusto y de la reina; decidle se quite el rebozo, porque no será bien que dejemos de gozar de su vista, que yo bien entiendo que es peregrina a lo que se infiere por los hermosos ojos que tiene.

Los hermanos la dijeron que se descubriese; ella lo hizo así, y quitándose un prendero del almaizar, descubrió su rostro, que no menos que el de Diana era.

Así pareció a todos los de la sala real, como el sol que por la mañana sale esparciendo sus ardientes rayos: esto mismo hacía la hermosa Haja, pues los de su hermosura reverberaban en quien la miraba, y quedaban todos deslumbrados, matando con su vista a los caballeros de amor, y a las damas de envidia.

A todos admiró la hermosura de la bizarra Haja, y deseaban su amistad por gozar de su hermosura. La reina que asimismo estaba espantada de la beldad de Haja, le dijo al rey:

—Sírvase vuestra Alteza de que goce yo de esta dama.

—Vaya en buen hora —dijo el rey—, que bien sé que ha de haber más de cuatro damas envidiosas de las que hoy os sirven.

Llamaron a Haja, y haciendo mesura al rey y a los caballeros, pasó a besar la mano a la reina, y de rodillas en el suelo se la pidió. No quiso la reina dársela, antes la levantó, y la hizo sentar junto a sí.

A todas las damas causó admiración la perfección con que en todo dotó naturaleza a Haja; pues aunque estaban allí Daraja, Sarracina, Galiana, Fátima, Celima, Cobaida y otras muchas damas de excelente hermosura, ninguna como la de la hermosa Haja.