Reduán que no apartaba los ojos de su adorada Haja, estaba muy receloso, y con gran temor no se le trocase, y le quebrase la palabra dada.

La mora miraba de cuando en cuando a su amante Reduán, y si con lanza y adarga le había parecido bien, mucho mejor le parecía vestido con el traje de corte, y más tan galán como estaba; y extendiendo los ojos por todos los caballeros presentes, ninguno la pareció llegar a poder competir con su querido Reduán. Mostrábasele grave, alegre y risueña, que no fue poco contento para el moro.

El rey dijo a Reduán:

—Mucho me holgara de ver la escaramuza que tuvisteis con Gazul, porque sería de ver, siendo ambos tan valientes.

—Yo soy testigo de ella —dijo Muza—, porque no pudiéndolos persuadir a que no peleasen, estuve mirando la cruel y sangrienta escaramuza que entre un león y una onza no podía ser más violenta; y movido a compasión de que ambos no muriesen, porque no reconocí ventaja en ninguno, me puse enmedio, y cesó la escaramuza, quedando los dos con igual victoria.

—¿Qué les movió al desafío? —dijo el rey.

—Son cuentos largos —contestó Muza—; no hay para qué refrescar en la memoria cosas viejas, sino decir que está en la sala la causa de su enojo.

—Ya entiendo lo que puede ser —dijo el rey—: bien sé yo que Reduán no volverá a hacer escaramuza con Gazul sobre lo pasado en ninguna manera.

—Vuestra Majestad está en lo cierto —dijo Reduán—, porque estoy ya olvidado de todo aquello; pero a la sazón perdiera mil vidas por ella, si las tuviera, lo que ahora no me pusiera a perder una.

—Debe de haber algo nuevo, que no es posible menos —dijo el rey.