Diciendo esto, los dos caballeros, hermanos de Haja, se habían sentado junto a Mahandín Hamete, principal caballero y rico, del linaje de los Zegríes, el cual habiendo visto la hermosura de Haja estaba tan amartelado, que no apartaba los ojos de ella: afligíale tanto la causa amorosa, que no pudiéndola resistir les dio parte a sus hermanos, diciéndoles:
—Señores caballeros, ¿conoceisme?
—No, señor, sino para serviros —respondieron ellos—, que como forasteros no conocemos particularmente a los caballeros granadinos; pero estando en compañía de tan alto rey y en su real palacio, bien inferimos que debéis de ser de estirpe clara.
—Pues sabed, caballeros, que soy Zegrí, descendiente de los reyes de Córdoba, y en Granada valgo yo tanto, que se hace larga mención de mí y de los de mi linaje, y querría, si lo tuvieseis por bien, emparentaseis conmigo, dándome por mujer a vuestra hermana Haja, que me ha parecido tan bien, que me holgara ser vuestro cuñado y pariente; y a ley de moro hidalgo, que pudiera estar casado con una dama que era de lo más principal de Granada; mas no me he querido casar hasta ahora que he visto a vuestra hermana, de la cual estoy muy pagado.
Con esto cesó el Zegrí, aguardando su bien o su mal.
Los hermanos de Haja comunicaron entre ambos si convenía o no aquel casamiento, y al fin considerando el valor de los Zegríes, cuya fama era tan notoria, le dieron el sí, confiados en que su padre tendría por bien lo que ambos hiciesen.
El Zegrí muy alegre con el sí de los hermanos, se levantó, e hincándose de rodillas habló de esta suerte:
—Alto y poderoso rey, suplico a vuestra real majestad, que ya que se celebran casamientos, y por ellos hay fiestas, que se haga el mío para que goce de ellas, porque sabrá vuestra majestad que vencido de los amores de la hermosa Haja, la pedí en casamiento a sus dos hermanos, los cuales sabiendo quién soy, lo han tenido por bien, y me la han prometido por mujer; por lo que suplico a vuestra majestad sea servido de que nos desposen conforme a nuestros ritos, pues se ha ofrecido esta ocasión en tan buen tiempo.
El rey, mirando a la dama y a sus dos hermanos, admirado de tan repentino acuerdo, dijo que si era gusto de ellos y la dama quería, que él era contento.
Todos se admiraron del caso, y callaron hasta ver en qué paraba; pero Reduán ardiendo en enojo e ira, se levantó en pie y dijo: