—Vamos —dijo Abenámar—, que en esto no quiere haber descuidos.
Y diciendo así, se bajaron todos tres a la ciudad, y antes de llegar a la calle de los Gomeles, vieron al capitán Muza, y más de veinte caballeros Abencerrajes de los que habían ido a la Vega a pelear con los cristianos, que iban a dar cuenta al rey de aquella jornada.
Y Malique Alabez les dijo:
—Caballeros, poneos en cobro, si no queréis morir por traición: más de treinta de vuestro linaje ha mandado el rey matar.
Los Abencerrajes espantados no respondieron, pero el valeroso Muza dijo:
—Por la fe de caballero, que si hay traición, que andan en ella los Zegríes y Gomeles, porque ninguno salió al rebato, ni parecen por toda la ciudad; y sin duda que están en el Alhambra con el rey, y son culpantes en las inocentes muertes de estos nobles caballeros: vénganse todos conmigo, que yo pondré remedio conveniente.
Así se volvieron con el valiente Muza a la ciudad; y en llegando a la plaza nueva, como era capitán general, llamó a un añafil, le mandó que tocase a recoger a priesa, y él lo hizo; y oído el añafil, en un punto se juntaron muchos caballeros y soldados en casa de sus capitanes, y de allí vinieron a la plaza nueva, y se juntaron mucha gente de a pie, y también de a caballo; y aunque hubo muchos caballeros principales y de los mejores de Granada, no habían entrado entre ellos ningunos Zegríes, Gomeles ni Mazas, por donde se acabaron de satisfacer sobre que los Zegríes andaban en aquella traición.
Cuando Alabez vio esta gente junta, halló buena ocasión para saber la traición que se ejecutaba en los inocentes caballeros; y así puesto enmedio de todos, comenzó a decir en alta voz de aquesta manera:
—Caballeros, señores y amigos míos, y todos los que me oís, sabed que hay gran traición: el rey Chico ha mandado degollar a muchos de los caballeros Abencerrajes, y si no fuera la traición descubierta por orden del santo Alá, ya estuviéramos todos degollados. Alto a la venganza, no queramos rey tirano, que así mata a los caballeros que defienden su tierra.
No había acabado Alabez de decir estas palabras, cuando toda la gente plebeya comenzó a dar grandes voces y alaridos, apellidando toda la ciudad, y diciendo: