—Traición, traición, que el rey ha muerto a los Abencerrajes: muera el tirano, muera el tirano: no queremos rey traidor.
Esta voz comenzó a divulgarse por toda la ciudad con un furor diabólico; todos tomaron armas a muy gran priesa, y comenzaron a subir al Alhambra, y en breve espacio se juntaron más de catorce mil hombres de todas suertes y otros muchos caballeros; y más de doscientos Abencerrajes que habían quedado, y con ellos Gazules, Venegas, Almoradís, Almohades y Azarques, y todos los demás caballeros de Granada, los cuales decían a voces:
—Si esto se consiente, otro día matará otro linaje de los que quedan.
Era grande la vocería y rumor que había; gritos de los hombres, alaridos de las mujeres y llorar de niños.
Finalmente, estaba todo tan alborotado, que parecía quererse asolar la ciudad con armas, y anegarla en lágrimas, y todo se oía en el Alhambra; y recelando lo que era, el rey muy temeroso mandó cerrar las puertas, teniéndose por mal aconsejado en lo que había hecho, y espantado de que se hubiese descubierto tan presto aquel secreto.
Llegó, pues, el tropel y confusión de gente al Alhambra, dando alaridos y voces, diciendo:
—Muera el tirano, muera.
Y como vieron cerradas las puertas del Alhambra mandaron traer fuego para quemarlas, lo cual luego fue hecho, y por cuatro o seis partes fue puesto fuego con tanto ímpetu, que ya se empezaba a arder.
Y el rey Mulahacén, padre del rey Chico, como sintió tan grandísima revuelta y ruido, siendo ya bastantemente informado de lo que era, muy enojado contra el rey su hijo, y deseando le matasen, mandó abrir una puerta falsa del Alhambra, diciendo que él quería salir a apaciguar aquel alboroto; pero no bien fue abierta, cuando estaban más de mil hombres para entrar por ella; y como vieron al rey viejo le alzaron en peso y dijeron:
—Este es nuestro rey, y no otro: viva el rey Mulahacén.