Con esto calló Muza, y se sentó, aguardando que la reina respondiese. La cual como oyó lo que Muza le había dicho, miró a todos los caballeros de la sala; y como los vio callar, tuvo por verdad lo que al pronto había escuchado por donaire y juego; y reparándose un poco, sin mudarse la color de su hermoso rostro, ni hacer mudanza mujeril, respondió de esta suerte:
—Cualquiera que en mi honestidad pura, limpia y casta pusiere alguna falta, miente, y no es caballero, sino villano, vil y de bajos pensamientos, mestizo, infame y mal nacido, indigno de entrar en el real palacio; y sea quien fuere, póngase aquí en mi misma presencia la acusación que contra mí se ha hecho, que no temo pena ninguna, porque mi inocencia me asegura, y mi castidad y limpieza me hacen libre: jamás con pensamiento ni obra hice ofensa al rey mi marido, ni la pienso hacer en tanto que mi marido fuere, ni después; ora sea por separación de muerte, o por repudiación de su parte hecha. Mas estas cosas y otras tales no pueden salir sino de moros, de quien no salen sino maldades y novedades, como de hombres de poca fe y mal inclinados. Benditos sean los cristianos reyes y quien los sirve, que nunca entre ellos hay semejantes maldades, y la causa es estar fundados en buena ley. Pero una cosa sé decir, que confío en el santísimo Alá que ha de volver por mi casta limpieza, y descubrir la verdad; y hago promesa de que si Alá se sirve de dar victoria a mis defensores, como lo espero en él que se la dará, viéndome libre de este testimonio, de no volverme a juntar con el rey en poblado ni fuera.
Diciendo esto comenzó a llorar, y con ella todas sus damas; de tal manera, que a todos los caballeros que la oían movía a muy grande compasión y lástima.
Lindaraja se hincó de rodillas delante de la reina, y pidió licencia para partirse a Sanlúcar a casa de un hermano de su padre, pues por mandado del rey habían muerto sin culpa a su querido padre, y pues desterraron a los Abencerrajes, que ella se quería desterrar, por no ver las tiranías y crueldades que cada día se hacían, y más el testimonio que a su alteza se levantaba; que no diese lugar que ella presenciara a aquellos dolores tan acerbos; y que cuando la honra de la reina padecía, no estaba segura la de sus damas, dueñas y doncellas.
La reina la abrazó llorando, y quitándose del cuello la cadena que el maestre la dio el día de la sortija, dijo:
—Toma, amiga, yo quisiera galardonar tus servicios fieles y leales, pero ya, por mi desdicha, no soy señora de bienes, sino de males: dichosa tú, y yo sin ventura. Vete en paz, y vive en ella, que ausente de la corte yo sé que la tendrás.
Y diciendo esto la apretó entre sus brazos, regándola su hermoso rostro con lágrimas, las cuales Lindaraja derramaba de sus ojos en abundancia. Aquí se aumentó el llanto de todas las damas, porque las iba abrazando y despidiéndose de todas.
Estaban los circunstantes tan lastimados de la dolorosa despedida de la reina y de Lindaraja, que no dejaban de ayudar con lágrimas; y no pudiendo sufrir aquel dolor, todos los Almoradís y Almohades, y otros de su parcialidad, se salieron llorando de la sala diciendo:
—Abdalí rey, abre los ojos y mira lo que haces, y tennos por tus enemigos de aquí adelante.
Lindaraja despidiéndose del rey se salió de palacio, y acompañada de su madre y de algunos caballeros se bajó a la ciudad, y al otro día se partió para Sanlúcar, y Gazul en su compañía, que era el que la servía, como ya se ha dicho, y adelante se tratará de ellos más largamente.