Ahora vayan su camino, y volvamos a tratar del rey, y de la acusación de la triste reina Sultana, la cual lloraba muy dolorosamente su deshonra, y con ella sus doncellas.
El rey mandó al traidor Zegrí que pusiese la acusación, y él se levantó y dijo:
—Por la honra de mi rey, y volviendo por ella, como debo, digo que la reina Sultana es adúltera, y que yo y Mahandín la vimos en Generalife, debajo de un rosal, que está junto a la fuente grande, estar en lascivas concupiscencias con Albín Hamete, Abencerraje; lo cual sustentaremos los cuatro a otros cuatro que señale la reina en su defensa.
A esto respondió la reina:
—Mientes, como traidor infame, falso, tú y todos vosotros; yo fío en el poderoso Alá que ha de descubrir la verdad, y os ha de costar muy caro.
El rey dijo:
—Sultana, dentro de treinta días habéis de dar caballeros que os defiendan; donde no, se procederá contra vos conforme a la ley.
Sarracino no pudiendo sufrir más aquella lástima, dijo:
—Yo me ofrezco a la defensa de la reina, aunque no haya más caballeros que quieran volver por su honor.
Reduán dijo: