Este pregón se divulgó por toda la ciudad, y sintieron tanto los moradores de ella el agravio que a los Abencerrajes se hacía, que si quisieran ellos levantar bandera contra el rey Chico, los ayudaran con sus personas y haciendas, porque en extremo eran amados de toda la ciudad, y tenidos en lugar de padres y amparadores de todos.
Este pregón lo oyó una hermana del rey Chico, llamada Moraina, la cual era mujer de Albín Hamete, Abencerraje; y llena de enojo por haberle muerto a su marido sin culpa, y de temor por haberle quedado dos niños, uno de cinco años y otro de tres, vestidos ambos de luto y ella también, fueron al Alhambra y en su compañía cuatro caballeros Venegas, y entraron en la sala del rey para hablarle.
Los guardas conociendo a Moraina, la dejaron entrar en el aposento del rey, su hermano, al cual halló solo; y haciéndole mesura, le dijo:
—¿Qué es esto, rey? Rey te digo, y no hermano, aunque es nombre de más piedad; mas porque no entiendas que soy de los conjurados contra ti, como tú mismo dices, te llamo rey. Pues dime, ¿qué clima es este que nos sigue tan cruel? ¿Qué hado tan rigoroso y sangriento es este? ¿Qué estrella tan caliginosa y mortífera corre predominando y causando tantas desventuras? ¿Qué cometa llena de fuego es este, que así abrasa y eclipsa el claro linaje de los Abencerrajes? ¿En qué te han ofendido, que así totalmente los quieres destruir? ¿No te ha mitigado haber degollado la mitad del linaje, sino que ahora mandes desterrar a los que han quedado? Y ya que así es, ¿qué razón hay para que los hijos inocentes de los padres se hayan de dar a criar fuera de la ciudad, y a las hijas casarlas fuera del reino? ¡Pregón duro! ¡Sentencia cruel! ¡Mandato acerbo! ¿Dime de qué sirven estas tiranías, rey inclemente? Y yo triste, desconsolada y viuda, hermana tuya por mi mal, ¿qué haré con estos dos niños, retrato de aquel caballero Albín Hamete, mandado por ti degollar sin culpa? ¿No bastó la muerte inocente de su inculpable padre, sino desterrar los huérfanos hijos? ¿A quién los encomendaré fuera del reino que los críe? Si a ellos destierras, yo he de ir también por su madre. ¡A tu sangre maltratas! Por Alá santo te ruego, que te reportes; mira que estás mal aconsejado; no pase adelante tu crueldad injusta, que es en los reyes grande imperfección ser crueles, y más donde no hay culpa, sino interés y envidia.
Con esto cesó la bella Moraina, no dejando de llorar, y dando dolorosos suspiros de lo más íntimo de su alma.
Todo lo cual no fue bastante a ablandar el diamantino corazón del rey, antes encendido en infernal cólera, los ojos encarnizados contra su hermana, la dijo:
—Di, Moraina infame, sin conocimiento de la real sangre, ¿tan poco valor en ti se encierra? ¿Eso me dices? ¿Di, no consideras la mancha que puso en mi honra tu desleal marido? Si tú tuvieras una gota de mi real sangre, sintieras mi agravio, y esa gota dando el pecho a tus hijos, les fuera veneno mortífero; y si este efecto hiciera, diría que eras mi hermana; pero no creo que lo eres, pues no sientes lo que yo. Mejor hubieras hecho en haber quemado esas dos ramas infames, salidas de aquel aleve tronco, causador de mi afrenta; y pues tan poco miramiento has tenido, y no has hecho oficio de hermana, yo haré lo que tú no hiciste.
Y diciendo esto asió al niño mayor, y alzándole en peso, le puso debajo del brazo izquierdo, y echando mano a la daga se la metió por la garganta, que no pudo defenderle la desdichada madre; y dejando muerto al inocente niño, a pesar de su triste madre, tomó al otro, y le degolló, dejando segadas las manos a la sin ventura Moraina por quitarle a su tierno niño.
Y habiéndolos muerto, dijo el sanguinolento rey:
—Acábese de raíz esta traidora casta de Albín Hamete.