—Libertad, libertad: mueran los traidores tiranos, y quien los sirve: no quede ninguno.
Y con esta voz dieron tan de improviso en la guardia del rey Chico, que casi no la dieron lugar a tomar las armas, y entre ellos se movió una batalla muy cruel y sangrienta, cayendo muchos muertos de ambas partes.
¿Quién viera al buen rey Mulahacén dar golpes con su cimitarra a un cabo y a otro, que no daba golpe que no derribase caballero muerto o mal herido? Porque Mulahacén siempre fue hombre de mucha fuerza en su mocedad, y de grande ánimo; y no era tan viejo que no pudiese pelear, pues aún no tenía sesenta años.
Finalmente andaba entre sus enemigos como león carnicero, y sus soldados hicieron lo mismo, matando a sus contrarios.
Aunque eran doblados los del rey Chico, perdieron la plaza, y a su pesar se retiraron a la casa real, adonde era tanta la gritería y voces, que no se oían los unos a los otros, salvo la voz de la libertad.
El rey Chico, que oyó el tropel y ruido, muy espantado y atemorizado salió a ver lo que era, y vio a su padre entre la gente de su guardia con un rigor extraño: sospechando lo que podía ser, entró a armarse, y salió afuera para que los suyos cobrasen ánimo con su vista.
A esta sazón llegó muy mal herido el capitán de su guardia, diciéndole:
—Señor, ve a favorecer tu gente, que es grande el estrago que en ellos hacen tu padre y los suyos.
El rey Chico salió dando voces, diciendo:
—A ellos, amigos, a ellos, que aquí está vuestro rey; mueran todos.