Razonamiento que se hizo al rey D. Fernando.
«No las sangrientas armas ni el belicoso son de acordadas trompetas y retumbantes cajas, ni arrastradas banderas, ni muerte de varones ínclitos, invicto y poderoso rey Católico, ha sido parte para que nuestra ciudad de Granada viniese a entregarse, y dar, y abatir sus reales pendones, sino la fama de tu soberana virtud y misericordia, que de ordinario usas con tus súbditos, lo cual es muy manifiesto a todos; y confiados en que nosotros los moradores de la ciudad de Granada no seremos menos tratados ni honrados que los demás que a tu grandeza se han dado, nos venimos a poner en tus reales manos, para que de nosotros y de todos los de la ciudad hagas tu voluntad, como de humildes vasallos; y desde ahora prometemos de darte a Granada y todas sus fuerzas, para que de la ciudad y de ellos dispongas a tu voluntad; y el rey besa tus reales pies y manos, y pide perdón de haber faltado a la palabra y juramento dado; y porque tu grandeza vea ser esto así, toma una carta suya, la cual me mandó que pusiese en tus reales manos.»
Diciendo esto hincadas ambas rodillas, besó la carta, y se la dio al rey D. Fernando; y recibiéndola con mucho contento la abrió, y leída entendió el rey ser así lo que Aldoradín le había dicho, y que su alteza fuese a Granada y tomase posesión de la ciudad y del Alhambra.
El Aldoradín pasó adelante con su plática diciendo:
«Las condiciones arriba dichas son que los moros que quisiesen ir al África se fuesen libres, y que los que se quisiesen quedar que les dejasen sus bienes, y que los que quisiesen vivir en su ley, viviesen, y trajesen su hábito y hablasen su lengua.»
Todo lo cual les otorgó el rey D. Fernando muy alegremente; y así los cristianos reyes de Castilla y de Aragón, D. Fernando y Doña Isabel fueron con gran parte de su gente a Granada, dejando su real a muy buen recaudo; y día de los reyes en treinta días de diciembre, les fue a los reyes Católicos entregada la fuerza del Alhambra: a dos días del mes de enero la reina Doña Isabel y su corte, con toda la gente de guerra, partió de Santa Fe a Granada, y en un cerro que estaba junto a ella se puso a mirar la hermosura de la ciudad, aguardando que se hiciese la entrega de ella.
El rey D. Fernando también, acompañado de sus Grandes de Castilla, se puso por la parte de Genil adonde salió el rey moro, y en llegando le entregó las llaves de la ciudad y de las fuerzas, y se quería apear para besarle los pies. El rey D. Fernando no consintió que hiciese lo uno ni lo otro.
Finalmente, el moro le besó la mano y le entregó las llaves, las cuales dio el rey al conde de Tendilla, por haberle hecho merced de la alcaidía, porque la tenía bien merecida; y así entraron en la ciudad y subieron al Alhambra, y encima de la torre de Comares tan famosa, se levantó la señal de la santa Cruz, y luego el estandarte de los Católicos reyes; y los dos reyes de armas dijeron en altas voces: Viva el rey D. Fernando, por él, y por la reina Doña Isabel, su mujer.
La Católica y serenísima reina que vio la señal de la santa Cruz encima de la torre de Comares, y su estandarte real con ella, se hincó de rodillas, y puestas las manos dio infinitas gracias a Dios por la feliz victoria que había ganado contra aquella populosa ciudad de Granada.
La música de la capilla del rey cantó luego: Te Deum laudamus. Fue tan grande el placer de todos, que lloraban. Luego se oyeron en el Alhambra mil instrumentos de bélicas trompetas, pífanos y cajas.