Los moros amigos del rey D. Fernando, que querían ser cristianos, y cuya cabeza era Muza, tocaron muchas dulzainas y añafiles, sonando gran ruido de tambores por toda la ciudad.
Los caballeros moros que habemos dicho en aquella noche jugaron galanamente alcancías y cañas, las cuales se holgaron de ver los dos cristianos reyes. Había tantas luminarias, y tantas fiestas y regocijos aquella noche, que era cosa de ver.
Dice nuestro cronista, que aquel día de la entrega de la ciudad, el rey moro hizo sentimiento en dos cosas.
La una es que pasando el rey moro un río, los moros que iban a la par de él le cubrieron los pies, lo cual el rey no quiso consentir.
La otra costumbre es que subiendo el rey alguna escalera, los zapatos que se descalza, o pantuflos, al pie de ella, los más principales que van con él se los suben; lo cual el rey moro no quiso consentir aquel día.
Y así como llegó a su casa el rey moro, que era el Alcazaba, comenzó a llorar lo que había perdido; al cual llanto le dijo su madre que, pues no había sido para defenderla, hacía bien llorarla.
Todos los Grandes de Castilla le fueron a besar las manos al rey D. Fernando y a la reina Doña Isabel, y a jurarlos por reyes de Granada y su reino. Los Católicos reyes hicieron muchas mercedes a todos los caballeros que se habían hallado en la conquista de Granada.
Entregada la ciudad fueron puestas todas las armas de los moros en el Alhambra.
Acabado de dar asiento en las cosas de Granada, mandó el rey D. Fernando que a los caballeros Abencerrajes se les volviesen todas sus casas y haciendas, y sin esto les hizo grandes mercedes.
Lo mismo hizo con Reduán, Sarracino y Abenámar, los cuales habían servido en la guerra muy bien, y con grande fidelidad.