No muchos días después de tomada Granada, fue hallada una cueva de armas, de la cual se hizo grande pesquisa; y descubierta la verdad, se hizo justicia de los culpados.
Algunas cosas de aquestas no llegaron a noticia de Hernando del Pulgar, cronista de los Católicos reyes; y así no las escribió ni la batalla que los cuatro caballeros cristianos hicieron por la reina, porque de ello se guardó el secreto; y si algo de estas cosas supo y entendió, no puso la pluma en ello, por estar ocupado en otras cosas tocantes a los Católicos reyes y de más gravedad.
Nuestro moro cronista supo de la Sultana, debajo de secreto, todo lo que pasó, y ella le dio las dos cartas; la que envió a D. Juan Chacón, y la respuesta que le envió; que así él pudo escribir aquella famosa batalla, sin que nadie entendiese quién fueron hasta ahora.
Visto por el cronista perdido el reino de Granada, se fue a África y a Tremecén, llevando todos sus papeles consigo: allí murió, y dejó hijos y un nieto suyo no menos hábil que él, llamado Argutarfa, el cual recogió todos los papeles de su abuelo, y en ellos halló este pequeño libro, que no estimó en poco, por tratar la materia de Granada, y por grande amistad se lo presentó a un judío, llamado Saba Santo, quien le sacó en hebreo por su contento, y el original arábigo le presentó a D. Rodrigo Ponce de León, conde de Bailén.
Y por saber lo que contenía, y por haberse hallado su abuelo y bisabuelo en las dichas conquistas, le rogó al judío que le tradujese en castellano, y después el conde me hizo merced de dármelo.
Y pues ya hemos acabado de decir todas las guerras civiles, y los bandos de los Zegríes y Abencerrajes, diremos algunas cosas de D. Alonso de Aguilar, y cómo le mataron los moros en Sierra Bermeja, con algunos romances de su historia, y daremos fin a los amores de Gazul y Lindaraja.
Así como bautizaron a Gazul, y habiéndole hecho el rey merced, pidió licencia para ir a Sanlúcar, y diósela. Partiose luego, y llego con brevedad, con el deseo que tenía de ver a su señora, y le hizo saber con un paje su venida.
Ella estaba enojada con él sobre ciertos celos, y no quiso oír al paje, de lo cual le pesó a Gazul; y sabiendo que en Gelves se jugaban cañas, porque el alcaide de allí las había ordenado por la paz de los reinos, quiso ir a jugarlas para mostrar su valor; y así un día se puso muy galán, la librea blanca, morada y verde, y las plumas de lo mismo, llenas de argentería de oro y plata, el caballo enjaezado de lo mismo; y antes de partirse fue por la calle de Lindaraja por verla, y él llegaba a sus ventanas cuando la dama salía a un balcón.
Gazul que la vio, lleno de alegría y contento picó al caballo, y llegando junto al balcón le hizo arrodillar y poner la boca en el suelo, así como aquel que le tenía enseñado en aquello para aquella hora. Comenzó a hablar diciendo:
—Qué le mandaba para Gelves, que iba allí a jugar cañas, y que con haberla visto llevaba esperanza de que le iría bien en aquella jornada.