Pues como vio tanta mudanza en Lindaraja, estaba muy confuso, por no saber la causa de aquellos desdenes, y pretendió hablarla para satisfacerla; pero ella no quiso escucharle, mostrándose cruel.

A esta sazón se ordenaba en Gelves aquel juego de cañas: fue enviado a él Gazul, para lo cual se puso tan galán, como habemos dicho. Antes de ir a Gelves quiso verla y hablarla; hablándola pasó lo atrás referido, y como dijimos fueron a Granada.

Zaida se halló burlada, porque siempre entendió que Gazul volvería a pretenderla; y cuando supo que se había casado, le aborrecía; y dicen que se casó Zaida con un primo hermano de Gazul, que era muy rico y estimado, y vivía en Granada, y mediante esto cesó el rencor.

Pues dejándolo a un lado, y volviendo a nuestra historia, que todavía hay que decir, a pocos días se rebelaron los lugares de la Alpujarra; por lo cual convino que el rey D. Fernando mandase juntar a todos sus capitanes, y estando juntos les dijo:

—Bien sabéis como Dios nuestro Señor ha sido servido de ponernos en posesión de Granada y su reino, con tanta costa y trabajo nuestro. Ahora parece que no temiendo nuestro castigo se han rebelado los lugares de la Sierra, y es menester irlos a conquistar de nuevo. Por tanto, ¿cuál se determina a ir a emprender esta hazaña, y poner mis reales pendones encima de las Alpujarras, que yo lo tendré a gran servicio, y aumentará la honra?

Con esto dio fin a sus razones el rey, aguardando respuesta de algunos de los capitanes: todos los cuales se miraban unos a otros, sin aceptar ninguno la oferta del rey, porque era una conquista muy dificultosa.

Y visto por el capitán D. Alonso de Aguilar que todos estaban suspensos y nadie respondía, se levantó haciendo la reverencia debida, y dijo:

—Esa empresa, Católica majestad, confirmada está para mí, porque la reina me la tiene prometida.

Admirados quedaron todos los demás caballeros de la aceptación de D. Alonso, con la cual el rey también se holgó mucho.

Luego a otro día mandó que se le diesen a D. Alonso mil infantes, todos escogidos, y quinientos hombres de a caballo. Entendió el rey y los de su consejo, que con aquella gente habría harto para tornar a apaciguar aquellos pueblos levantados y rebeldes.