Alegre fue el maestre con la respuesta del rey, y aquella noche se retiró gran trecho la tierra adentro: mandó a su gente que estuviese con cuidado y vigilancia toda la noche, porque los moros no les diesen algún asalto.
Venida la mañana se acercó a la ciudad, llevando para su guarda cincuenta caballeros, y dejando el resto gran trecho apartado, avisándoles que estuviesen alistados por si los moros rompían la palabra de seguro que estaba dada: así estuvo aguardando a Muza para hacer con él batalla.
CAPÍTULO IV.
Que trata de la batalla que el valiente Muza tuvo con el Maestre, y de otras cosas que también pasaron.
Así como el mensajero del valeroso maestre partió con la carta aceptando el desafío, el rey y todos los caballeros quedaron tratando de él y de otras cosas.
La reina y las damas no holgaron del desafío, porque sabían bien que el valor del maestre era grande, y muy diestro en las armas, y a quien más pesó de este desafío fue a la hermosa y discreta Fátima, del linaje Zegrí, que amaba de secreto mucho a Muza; pero él adoraba a la hermosa Daraja, hija de Mahomet Alabez, y hacía en su servicio señaladas cosas; mas Daraja no amaba a Muza, porque tenía todo su amor puesto en Abenjamar, caballero Abencerraje de mucho valor: el Abencerraje amaba a la hermosa Daraja, y la servía.
Volviendo, pues, a Muza, aquella noche siguiente aderezó todo lo necesario para la batalla que había de hacer, y la Fátima le envió con un paje suyo un rico pendoncillo para la lanza, el medio morado, y el otro verde, todo recamado con riquísimas labores de oro, y sembradas por él muchas FF, que declaraban el nombre de Fátima. El paje le dio a Muza diciendo:
—Valeroso señor, Fátima, mi señora, os besa la mano, y os suplica pongáis en vuestra lanza este pendoncillo en su servicio, porque será muy contenta si lo lleváis a la batalla.
Muza tomó el pendoncillo mostrando muy buen semblante, porque era para con las damas cortés, aunque él más quisiera que fuera de Daraja; pero por ser tan discreto como valiente, lo recibió diciendo al paje:
—Amigo, di a la hermosa Fátima que tengo en muy grande merced y favor el pendoncillo que me envía, aunque en mí no haya méritos para prenda de tan hermosa dama, y que Alá me dé gracia para que la pueda servir, y que la prometo de ponerle en mi lanza, y de entrar con él en la batalla, porque sé que con tal prenda, y enviada de tal mano, será muy cierta la victoria de mi parte.