El maestre echó de ver luego que aquel era con quien había de escaramucear, y mandó a todos sus caballeros que ninguno se moviese en su socorro, aunque le viesen puesto en necesidad; y fuese poco a poco hacia donde venía el gallardo Muza.

Iba el maestre bien armado, y sobre las armas una ropa de terciopelo azul, recamado de oro, el escudo verde en campo blanco, y en él puesta una cruz roja, la cual señal también llevaba en el pecho. El caballo era bueno, rucio rodado. Llevaba en la lanza un pendoncillo blanco, y en él la cruz roja, y debajo de ella una letra que decía: Por esta y por mi rey.

Parecía tan bien, que en verle daba contento, y cuando el rey le vio dijo a los que con él estaban:

—No sin causa este caballero tiene gran fama, porque en su talle y buena disposición muestra el valor de su persona.

Llegaron los dos valientes caballeros cerca el uno del otro, y después de haberse mirado muy bien, el que primero habló fue Muza:

—Por cierto, valeroso caballero, que vuestra persona muestra bien claro ser vos el que la fama publica; y así digo, que vuestro rey se puede tener por bien afortunado en tener un tan estimado caballero como vos sois; y por la fama que el mundo tiene de vos, yo me tengo por muy dichoso de entrar con vos en batalla, porque si Alá quisiese que alcanzase victoria de tan buen caballero, todas las glorias de él serían mías, que no poca honra y gloria sería para mí, y para todo mi linaje; y si yo quedare vencido, no sentiré tanta pena, por serlo de tan buen caballero.

Con esto feneció el gallardo Muza sus razones, a las cuales respondió el valeroso maestre con mucha cortesía diciendo:

—Por un recado que ayer recibí del rey, sé que os llaman Muza, de quien no menos fama se divulga que la que decís de mí, y que sois su hermano, descendiente de aquel esforzado y antiguo capitán Muza, que en tiempos pasados ganó gran parte de nuestra España; y así estimo tener con vos batalla; y pues cada uno de su parte desea la gloria y honra de ella, vengamos a ponerlas en ejecución, dejando en manos de la fortuna el fin del caso, y no aguardemos a que se nos haga más tarde.

El gallardo moro, que oyó aquellas razones al maestre, se sintió avergonzado por haber dilatado tanto tiempo la escaramuza, y sin responder palabra alguna, con mucha presteza rodeó su caballo, y apretándose el bonete en la cabeza, debajo del cual llevaba un muy fino y acerado casco, se apartó un gran trecho, y lo mismo había hecho el maestre.

A este tiempo la reina y todas sus damas estaban puestas en las torres del Alhambra, para desde allí mirar la fuerte escaramuza. Fátima estaba junto a la reina, juntamente con sus damas, ricamente vestida de damasco verde y morado, y era del propio color del pendoncillo que le había enviado al valiente Muza: tenía por toda la ropa sembradas muchas MM griegas, por ser la primera letra de su amante Muza.