El rey como vio apartados a los caballeros, y que aguardaban la señal de batalla, mandó tocar sus clarines, a los cuales respondieron las trompetas del maestre.

Siendo la señal hecha, arremetieron los caballeros el uno para el otro con tan grande furia y braveza que cada uno sintió el valor de su contrario en los encuentros que tuvieron; mas ninguno perdió la silla, ni hizo mudanza alguna: las lanzas no se quebraron, la adarga de Muza fue falseada, y el hierro de la lanza tocó en la fina coraza, y rompió parte de ella, y pasó en la jacerina, sin hacerle otro mal.

El encuentro de Muza pasó el escudo al maestre, y el hierro de la lanza tocó en el peto fuerte, que a no serlo fuera herido.

Los caballeros sacaron las lanzas, y con grande destreza comenzaron a escaramucear, rodeándose el uno al otro, procurando herirse; pero aunque era bueno el caballo del maestre, no era ligero como el del moro, a cuya causa no podía dar golpe a gusto, por andar Muza tan ligero; y así entraba y salía con velocidad el moro, dándole algunos golpes al maestre, el cual como vio la ligereza del caballo del contrario, acordó, fiando en la fortaleza de su brazo, de tirarle la lanza, y aguardó a que el moro le entrase, y viéndole cerca terció la lanza, y levantose sobre los estribos, y con fortaleza jamás vista le arrojó la lanza.

Muza quiso hurtarle el cuerpo y revolvió la rienda al caballo por huir del golpe; pero no lo hizo tan a su salvo que llegando primero la lanza del maestre, le pasó el cuerpo al caballo: alborotose saltando, dando vueltas y empinándose, y dando grandes corcovos; y visto por el moro, temiendo no le viniese algún daño por aquella causa, saltó en tierra y con osado ánimo se fue al maestre para desjarretar el suyo, y de él entendido, saltó tan ligero como el viento; y embrazando el escudo, la espada desnuda se fue a Muza, el cual venía lleno de cólera y saña contra él, por haberle herido tan mal su caballo; y con una cimitarra fue a herir al maestre, el cual le ofendía bien y le maltrataba: peleando a pie, y cerca el uno del otro, se daban tan recios y desaforados golpes, que no bastaba fuerza de los escudos y de las armas, que con la fortaleza de sus brazos no se deshiciese y rompiese; y como el valeroso maestre era muy diestro y cursado en las armas, y más fuerte que Muza, puesto que el moro era valiente y de animoso corazón, quiso mostrar donde llegaba su valor, y afirmando su espada sobre la cimitarra de Muza, fue al reparo, y el maestre con muy gran presteza le hirió en la cabeza sin poderlo remediar el gallardo moro: cortole con la cuchillada la mitad del bonete, y vino el penacho al suelo; y si el casco no fuera tan fino, fuera la herida más peligrosa, y quedó Muza casi aturdido del golpe; y viendo cuán a maltratar le traía el maestre, volviendo en sí acudió con su cimitarra con destreza, y descargó un golpe muy recio.

El maestre lo recibió en el escudo, el cual fue cortado por medio, por ser fuerte el golpe que en él le dio, y le rompió asimismo la manga de la loriga, y le alcanzó a herir de una pequeña herida en el brazo, de la cual le salía mucha sangre, y fue causa de que el maestre se encendiese en cólera y saña, y queriendo vengarse, acometió con un golpe a Muza en la cabeza, el cual con presteza fue al reparo porque no le hiriera.

El maestre viendo que acudió al reparo, bajó la espada, y de revés le dio una herida en el muslo, que no le aprovechó la loriga que llevaba encima, para que no entrase la espada del maestre.

De aquella suerte andaban los valerosos caballeros muy encarnizados, dándose muy grandes y fieros golpes.

Quien mirara a la hermosa Fátima, conociera claro que amaba a Muza, porque así como vio el bravo golpe que el maestre dio a su amante y querido Muza, del cual le derribó el bonete y penacho, temió quedaba mal herido; y viendo el caballo muerto, no lo podía sufrir, y así de todo punto perdió su color con un desmayo cruel que le dio, y cayó sin sentido en el suelo.

La reina mandó que la echasen agua en el rostro, y echándosela volvió en sí, y abriendo los ojos dio un suspiro, diciendo: