—¡Oh Mahoma! ¿Por qué no te dueles de mí?
Y tornándose a amortecer, la mandó la reina llevar a su aposento, y que la regalasen. Jarifa, Daraja y Cobaida la llevaron con mucha presteza, haciendo muchos remedios, hasta que la bella mora volvió en sí, y les dijo a Daraja y a Jarifa que la dejasen sola, porque quería reposar un poco.
Estas lo hicieron así, y se tornaron adonde estaba la reina mirando la escaramuza, que a la sazón estaba más encendida, pero manifiesta en la ventaja que el maestre llevaba a Muza, por ser más diestro en las armas; puesto que Muza era de grande esfuerzo y valor, y no mostró jamás punto de cobardía, y más en aquella ocasión, antes redoblaba sus golpes, hiriendo al maestre.
Al moro le salía mucha sangre de la herida del muslo, y era tanta, que Muza sentía bien la falta de ella, y estaba desfallecido y débil; lo cual visto por el maestre, considerando que aquel moro era hermano del rey de Granada, y que era también muy estimado, y deseando también con muchas veras que fuese cristiano, y que siéndolo, le podría ganar algo en los negocios de la guerra en provecho del rey D. Fernando, determinó con todo cuidado de no proseguir la sangrienta batalla, y de tener amistad verdadera con el valiente Muza, y así luego se fue retirando afuera, diciendo:
—Valeroso Muza, paréceme que para negocios de fiestas hacer tan sangrienta batalla como la que hacemos, no es justo; démosle fin, si te pareciere, que a ello me mueve ser tú tan buen caballero, y hermano del rey, de quien tengo ofrecidas mercedes; y no digo esto porque de mi parte sienta haber perdido nada del campo, ni de mi esfuerzo, sino porque deseo amistad contigo por tu valor.
Muza que vio retirar al maestre, se maravilló, y también se retiró, diciendo:
—Claramente se deja entender, valeroso maestre, que te retiras, y no quieres fenecer la batalla, por verme en tal estado, que de ella no podía yo sacar sino la muerte; y movido tú de mi mala fortuna, me quieres conceder la vida, de la cual reconozco me haces merced. Y también digo, que si tu voluntad fuere que nuestra lid fenezca, de mi parte no faltaré hasta morir, con la cual cumpliré a lo que debo a ley de caballero; mas si, como dices, lo haces por respeto de mi amistad, te lo agradezco infinito y lo tengo a grande merced, por tener amistad con un tan singular caballero como tú, y prometo y juro de serlo tuyo hasta la muerte, y de no ir contra tu persona ahora ni en tiempo alguno, sino en cuanto fuere mi poder servirte.
Y diciendo esto dejó la cimitarra de la mano, y se fue a abrazar al maestre, y él hizo lo mismo con mucho amor, y entendió de cierto el maestre que de aquella amistad había de resultar muy gran bien a los cristianos.
El rey y los demás que estaban mirando la batalla se maravillaron mucho, y no podían entender qué podía ser; y venido a entender el caso y la amistad, el rey con seis caballeros se llegó a hablar al maestre, y después de haber tratado cosas de muy grandes cortesías, sabiendo la amistad del maestre y de su hermano, aunque no se holgó mucho, dio orden de volver a la ciudad, porque Muza fuese curado, que lo había bien menester.
Y así se partieron los dos caballeros, llevando la amistad en sus corazones muy fija y sellada. Este es el fin que tuvo la batalla.