Finalmente Cobaida, Sarracina, Alboraida, Jarifa, y todas las demás damas que estaban con la reina, salieron con tanta bizarría, que era cosa notable.
En otro balcón estaban todas las damas del linaje Abencerraje, que no había más que ver en el mundo.
Llevaba la ventaja en todo a las damas, Lindaraja, hija de Mahomet Abencerraje. A esta hermosa dama servía un galán y bizarro moro, llamado Gazul, y en su servicio, y por darla gusto, hizo muchas fiestas en Sanlúcar.
Volviendo, pues, a nuestro propósito, serían las dos de la tarde, cuando los caballeros y damas acabaron de comer las colaciones, y soltaron un toro de los más bravos que había entre todos, que no seguía hombre a quien no volteaba, ni la ligereza de los caballos ni de las yeguas bastaba a escaparse de sus veloces cornadas. Era tanta su braveza y ligereza que en breve espacio le desocuparon la plaza todos los de a pie, aunque contra su voluntad.
Como vio su braveza el rey, dijo a los caballeros:
—Bien será lancear ese toro.
Malique Alabez pidió licencia para hacer algún lance, y el rey se la dio. Muza venía a pedirla para lancearle, y como se la había dado a Alabez no la pidió.
Bajó de los miradores Alabez, y subió en un caballo, el cual le había enviado el alcaide de Vélez el Rubio y el Blanco, que era primo-hermano suyo, hijo de un hermano de su padre, al cual mataron a traición unos caballeros llamados los alfaquíes, por envidia que le tenían, por ser tan querido del rey; pero no compraron muy barata la muerte del noble alcaide, que el rey la vengó bien. Siete hermanos eran estos alfaquíes, y a todos juntos los mandó degollar por la traición que hicieron en matar sin ocasión ni culpa a quien no lo merecía. Sus bienes fueron confiscados por la corona real.
Dio, pues, vuelta Alabez a toda la plaza, y llegando al balcón donde estaba su señora Cobaida, hizo que se arrodillase el caballo, y él humilló la cabeza, haciendo cortesía a su dama, y a todas las demás que estaban allí. La dama enamorada de su Alabez, se levantó y le hizo el acatamiento.
Él, muy gozoso de haber visto a su querida señora, y tan favorecido, espoleó al caballo, y partió más veloz que un rayo; tanta era la ligereza del caballo, que apenas se le veía en la carrera. El rey y los caballeros se holgaron de verle; a los Zegríes les pesó, porque era mortal la envidia.