Era tanta la gritería de la gente que ponía grima; y era causa que el toro había dado vuelta por toda la plaza, habiendo volteado y derribado mucha gente, y muerto cinco o seis personas, y venía como el viento adonde estaba Alabez, y como le vio venir, quiso hacer una gentileza, y fue, que saltó del caballo, y aguardó al toro con ánimo osado, el albornoz en la mano izquierda, y cuando bajó el toro la cabeza para hacer su golpe y darle un bote, le echó tan bien el albornoz delante de los ojos, que dio gran contento a todos; y asiéndole de ambos cuernos, le hizo estar quedo a su pesar, porque era grande la fuerza que tenía.

El toro procuraba desasirse para matarle, y Alabez se defendía con el valor de su persona, aunque con mucho peligro.

Y pareciéndole al valiente moro que duraba mucho aquella pelea, enojado, y con cólera que tenía, le torció el pescuezo, y con fuerza increíble le derribó en tierra como si fuera muy débil oveja; y como lo vio en el suelo, se fue poco a poco, con semblante apacible, y sin poner el pie en el estribo saltó en su caballo, dejando al toro molido, y tal, que no se pudo levantar de allí, quedando todos muy admirados de su esfuerzo, valor y fortaleza invencible, dándole mil loores.

El rey llamó a Alabez, y fue como si no hubiera hecho cosa alguna; y en llegando le dijo el rey:

—Mucho contento me habéis dado, y no se esperaba menos de vuestro valor y nobleza: yo os hago merced de la alcaidía de la fuerza de Cantoria, y de que seáis capitán de cien caballeros.

Alabez le besó las manos por las nuevas mercedes que le hacía.

Serían a la sazón las cuatro de la tarde, y mandó el rey que se tocase a cabalgar. Oída la señal, todos los caballeros que eran de juego se adelantaron para hacer la entrada, y entre tanto comenzaron una muy acordada música, con diversidad de instrumentos.

Luego vino entrando por la boca del Zacatín el gallardo Muza con su cuadrilla Abencerraje. Entrando de cuatro en cuatro, y dando vuelta por la plaza, haciendo el debido acatamiento al rey, a la reina y a las damas, dieron algunas carreras con muy grande brío y donaire. Eran Muza, Malique Alabez, y treinta Abencerrajes en la cuadrilla, y parecían muy bien las plumas azules y telas de plata sobre nevadas yeguas, que hermoseaban toda la plaza y amartelaban las damas con su bizarría.

No con menos gala y brío entraron los Zegríes por otra puerta, todos de encarnado y verde, con plumas y penachos azules, yeguas bayas, y en las adargas una misma divisa puesta en listones azules, que era unos leones encadenados por mano de una dama. Decía la letra: Más fuerza tiene el amor.

De esta manera entraron en la plaza de cuatro en cuatro, y juntos hicieron un caracol y escaramuza con mucho concierto, que no menos contento dieron que los Abencerrajes.