Un ciudadano suizo, culpable de un robo verificado en una iglesia de Samen, ha sido condenado á lo siguiente: «Un cuarto de hora de argolla, vigilado por el verdugo, á 60 palos dados públicamente por el ejecutor de la justicia, á tirar durante cinco años de un carretón, á diez años de internacion en su distrito natal, á no poder casarse jamas, á la pérdida de sus derechos civiles y políticos, á ejercicios piadosos, á hacer penitencia en la iglesia, con un báculo en la mano, y una cuerda al cuello, á daños y perjuicios y á los gastos del juicio.»
Los establecimientos penales de la Suiza, están en perfecta consonancia con su admirable estado de progreso. Un régimen interior ejemplar y religioso, los trabajos del campo, el buen sistema de alimentacion, la enseñanza que reciben, los ejemplos morales que se les ofrecen, las prácticas religiosas á que tienen que consagrarse, todo en una palabra es admirable y no deja nada que desear. He visitado los de Berna, Friburgo, Ginebra, Lucerna y algunos otros, y en todas partes he encontrado el mismo órden, la misma exactitud.
La instruccion pública, que es la estadística de la inteligencia, la que con plena verdad patentiza con sus cifras el estado de un pueblo, está en Suiza á una altura superior á la de los demas estados de Europa. Sus datos consoladores, sus riquísimos anales, que componen el verdadero libro historial de la Suiza, manifiestan la apremiante necesidad en que se encuentran los demas gobiernos de Europa de difundir y propagar la instruccion, sin la cual los pueblos no pueden ser libres, sin la cual los pueblos no prosperan, sin la cual no hay vida posible: porque el embrutecimiento del pueblo es la razon de ser de las tiranías, es el apoyo de los despotismos.
He tenido complacencia en comparar la estadística de la instruccion publica en Suiza con la de Francia, Inglaterra, Austria y Prusia, y la diferencia notabilísima que hay en favor de la libre Suiza, proclama en voz alta y con la incontrovertible elocuencia de los números, el próspero estado de la Suiza bajo el aspecto intelectual, y la superioridad con que aventaja á los demas pueblos en la propagacion de lo que á todos se debe, de la instruccion, que al ver como la regatean los gobiernos de algunos pueblos, diríase que no pertenece de derecho á todo hombre, á todo ciudadano.
Los gobiernos al propagar la instruccion, al educar á todas las clases, y á todos los individuos, no hacen mas que cumplir con su deber; para algo se han reunido los hombres en sociedad: no es solamente con el objeto de pagar los impuestos y soportar las cargas de la nacion; el estado por su parte, les debe proteccion, defensa de sus derechos si son atacados, instruccion gratuita; es un deber imprescindible, y faltan á todo lo pactado los gobiernos que no lo práctican, y cometen una usurpacion, y autorizan á los pueblos á no reconocer su autoridad.
Volviendo ahora á Suiza de la que una digresion necesaria me ha apartado un momento, basta consignar que existen en la Confederacion Suiza 5,500 escuelas, á las que concurrieron en el año de 1855 430,107 discípulos. Esas dos cifras admirables, en un pueblo de ménos de tres millones de ciudadanos, bastan para colocarla en un alto y envidiable puesto: esos datos relevan de todo comentario, hablan por sí solos mejor que todas las frases.
Los hospitales y demas establecimientos de beneficencia, están en relacion con sus instituciones y adelantos: la caridad cristiana, la primera de las virtudes, está magistralmente entendida y prácticada en los establecimientos piadosos de la Suiza.
Cuéntanse tambien muchas y admirables casas de enagenados; á media legua de Berna, se levanta un majestuoso edificio destinado á la asistencia y curacion de los pobres locos: es admirable bajo todos conceptos, y como él son los demas que he visto en diferentes cantones; el de los alrededores de Berna está magníficamente situado; delante se ostentan verdes y lozanas praderas, un abundoso y pintoresco bosque le rodea, y le circuyen los Alpes, con sus elevadas cumbres.
El gobierno de la Suiza es el único que puede llamarse verdaderamente libre, eminentemente popular. Segun la constitución de 1848, que se venera y se práctica, que no es una ley escrita, sino una verdad realizada, los pueblos son los que hacen todo interviniendo, como es lógico y de pleno derecho, en todos los asuntos del Estado.
Los negocios locales los dirije y resuelve el consejo de cada canton, cuyos individuos elige el pueblo: los asuntos generales de la confederacion están del mismo modo encomendados al pueblo: la asamblea federal, compuesta de los diputados de toda la nacion, elige el presidente y los ministros de la confederacion; y como los diputados son los genuinos representantes del pueblo, la gobernacion es siempre popular, como debiera serlo en todas partes.