Los presidentes de la confederacion son elegidos por solo un año: al terminar su magisterio, ponen de manifiesto todos sus actos, son juzgados por la opinion pública, y se retiran tranquilos, entrando su sucesor cada año á ejercer la suprema magistratura.

La eleccion de ministros la hace tambien la asamblea federal: los poderes de los ministros duran seis años, ejercen sus cargos bajo la presidencia del primer ciudadano de la confederacion, presentan sus actos dos veces por año al juicio de la asamblea, y terminados sus poderes, vuelven á su condicion anterior ó son reelegidos si se han hecho dignos.

Las elecciones de presidente y ministros se hacen del modo mas patriótico y tranquilo: la Suiza no conoce esa libertad tumultuosa que otros pueblos proclaman equivocadamente: en Suiza es pública la vida de todos los ciudadanos: el que mas ama la justicia y la libertad, el que mas se acerca al buen ciudadano, es elejido y votado por la Asamblea, que representa el pueblo.

De este modo, la gobernacion del Estado reune todas las condiciones de acierto deseables: todos los ciudadanos, desde el primero al último, intervienen en la gestion de la cosa pública, de este modo están perfectamente garantidos los derechos del pueblo. Los sueldos modestísimos de los empleados públicos aligeran las cargas públicas, y hacen que la Suiza se vea libre de esa enfermedad que se llama empleomanía, y que tan funestos resultados produce en algunos pueblos de Europa.

El presidente de la confederacion, magistrado supremo, de igual categoría que cualquier soberano, tiene seis mil francos de sueldo al año que es todo el tiempo que dura su cargo: vive modestamente, sin criados, sin carruajes, sin fausto: y su autoridad es tan respetada como la del primer soberano de Europa, porque la autoridad en Suiza es la ley. He conocido dos presidentes, el coronel Frey-Herosée, y el doctor Furrer, ámbos probos, rectos, ilustradísimos, modestos.

En Suiza tienen tambien la inmensa dicha de no conocer los ejércitos permanentes, carga pesadísima que en los demas pueblos de Europa aumenta los presupuestos, hace imposible la economía y dificulta el reinado de la libertad. Todo suizo es soldado, y cuando la patria lo necesita, se levanta en veinte y cuatro horas un poderoso ejército, que no está asalariado, y que solo combate por la patria.

Este es el cuadro exacto de la confederacion suiza, consolador para los que amamos la libertad, consolador para el filósofo, para el estadista, para el político.

Dos son los problemas difíciles que yo encuentro actualmente en Suiza, y los únicos que pueden ofrecerse en contraste á sus grandes progresos y admirables instituciones: el pauperismo, y el indiferentismo religioso que trabaja sus sectas innumerables de protestantes.

La crudeza del clima, la poca extension del territorio, y la modesta riqueza pública de la Suiza, explican el pauperismo, que existe, no por las leyes, de ninguna manera; no á causa de su organizacion, sino porque la Suiza es pobre, y porque el clima es duro. No está en sus defectos sociales el pauperismo, no; es una fatal consecuencia que puede irse amenguando, como se hace, pero que no puede extirparse de repente. No obstante su grande número de mendigos, y su popularizada instruccion, la estadística criminal es la mas corta de Europa, no solo comparada con los estados grandes, sino tambien con los de ménos é igual poblacion. De todos modos el pauperismo en Suiza es un difícil problema.

El otro es mas general, y de grande importancia para el porvenir de un pueblo. He penetrado en todos los templos de las diferentes comuniones protestantes que hay en Suiza, he asistido á sus ceremonias, he presenciado sus solemnidades, y en todos los templos y por todas partes, solo he encontrado un terrible indiferentismo, peor que la falta de creencias: un pueblo indiferente en religion podria concluir por serlo en política y en moral, y ese pueblo se perderia. La filosofía panteista alemana, tan popularizada en Suiza, es la causa originaria de la indiferencia religiosa.