Es una opinion casi recibida generalmente, la de creer que la Inglaterra marcha á la cabeza de la civilizacion; no admitiendo yo semejante teoría, es de suponer que mis apreciaciones no sean por todos admitidas: yo las expondré sin embargo, con la seguridad de que son fundadas.
Lo primero que yo me apresuro á consignar con satisfaccion, es el admirable estado de la familia en Inglaterra. Esta institución social, tan eminente, principal fundamento de un pueblo, se halla sabiamente comprendida y organizada del otro lado del canal de la Mancha.
La familia inglesa, seguro cimiento de la moral pública, vive en el órden y en las afecciones: con sus excelentes circunstancias educa buenos hijos para la sociedad, y buenos ciudadanos para la patria. El legislador que organice un hogar doméstico con sabia economía, trabaja en pro de la sociedad, que es su reflejo. En la familia inglesa hay algo que yo no quisiera ver; como por ejemplo las leyes que hacen un tanto dura la condicion de la mujer, pero á pesar de todo, no puedo ménos de admirarla.
Sentadas estas breves apuntaciones que he creido necesario consignar, ántes de conducir al lector á Inglaterra, vamos á ponernos en marcha.
Salí de Paris á las ocho de la noche en tren directo. A la una de la madrugada llegué á Calais, embarcándome por la vez primera: la travesía hasta Douvres la hice en dos horas, sin haber sentido la mas leve incomodidad.
En Douvres nos registraron apénas el equipaje, nos dieron un documento para poder salir de Inglaterra, vieron nuestros pasaportes, recobramos el camino de hierro, y á las cuatro horas entramos en Lóndres.
Deliciosa es ciertamente la campiña que el viajero encuentra desde Douvres á Lóndres. Verdes y abundantes prados donde pastan numerosos rebaños de ganado lanar, adornan y embellecen el paisaje. Al entrar en la colosal ciudad, es decir, al llegar al embarcadero de London-Bridge el tren que nos conducia, pasó por en medio de otros cinco que en diferentes direcciones marchaban, todos con grande número de coches, henchidos de gente.
Tan portentosa actividad, tan grande número de líneas férreas arrancando de un solo punto, dan una excelente idea del movimiento industrial del pueblo ingles.
Tocóme por casualidad entrar en domingo en la nebulosa ciudad, y la impresion que recibí fué la que experimentan todos los extranjeros que llegan por la primera vez en semejante dia; tristísima, de aburrimiento.
La iglesia anglicana, que desde la época de la reforma se gobierna de un modo especial, prohibe en su libre fanatismo toda vida y todo movimiento en el dia del domingo. Ciérranse los comercios y oficinas de todo género, ciérranse los establecimientos públicos, ciérrase todo, á excepción de los clubs y tabernas, donde desde cierta hora de la tarde se destapan las botellas y se abren los labios.