Me bastó ver su dominacion en Venecia y Lombardía para sentir y
llorar la suerte de Italia. En fin, sigo mi viaje; de otro modo,
escribiria muy largo contra los austríacos.

Registraron minuciosamente los equipajes, ojearon los
pasaportes, los embadurnaron con sellos y visas, y seguimos en
la diligencia.

A los quince minutos de la frontera, se presenta el célebre lago de Como, lindísimo y poético como todos los lagos, que tanto me encantan.

La campiña de Como es riquísima, semeja un paraíso: todo está cultivado, y la vegetacion mas hermosa engalana todos los términos. Muchos y elegantes palacios se levantan al rededor del delicioso lago: muchos y elegantes jardines completan el cuadro de Como.

Chocóme y me gustó ver la mantilla española en la mayor parte de las mujeres: la peina que en Valencia llevan las mujeres del pueblo adornaba tambien las cabezas de las italianas. Como es un lugar encantador: desde allí seguimos á Camerlata, que está tocando, y allí tomamos el camino de hierro hasta Milan, pasando por Monza, donde estaba Radetzky.

El tiempo que se emplea desde Camerlata á Milan, es el de una hora poco mas: el movimiento es desigual é incómodo, la nivelacion no está bien hecha: los coches son buenos, soberbia la campiña.

Los vagones, en Milan y Venecia, tienen todos puertas de comunicacion entre sí: no se ha hecho para comodidad del público: es para dar paso á la policía, que recorre todo el tren, pidiendo y recojiendo los pasaportes: dan un documento con el cual se recoje en Milan. Le preguntan al viajero á que hotel va á hospedarse, cuanto tiempo piensa permanecer, etc., etc., etc.

No quiero dejar correr la pluma porque la paciencia se acaba.

Entré en Milan el dos de junio hospedándome en el Hotel de la
Ville
, en el Corso, frente por frente á la iglesia de San
Cárlos Borromeo.

La Catedral es lo primero que debe visitarse: blanquísima como una paloma, como de mármol que es toda, gallarda y esbelta, con su rica arquitectura y su prodigiosa decoracion de estatuas, que se cuentan por miles.