Y aquí solo se leen los apuntes de mi cartera, no todo lo ví,
hay mucho mas, es admirable.

Recorriendo mis apuntes veo que hay todavía algo que decir de la iglesia de la Salud: en su sacristía, hay cuatro cuadros del Ticiano, gloria del arte; uno de ellos representa San Márcos: hay en la misma iglesia de la Salud una capilla separada dedicada á la Virgen, dos elegantes columnitas, estatuas de mármol; se edificó en 1670 despues de una asoladora epidemia; la peste está allí representada por una vieja, excelente idea. En todo el templo no se ve otra cosa que mármol, jaspes preciosos, Ticianos, Sansovinos; la forma de la iglesia es circular, soberbia cúpula, cuadros de Jordan.

Este desórden es el que á mí me place; despues de haber descrito la iglesia de la Salud en una de las anteriores páginas, he vuelto á ocuparme de ella; la razon es muy sencilla, hojeando la cartera de viajes he encontrado nuevos detalles: los traslado á este libro, precipitadamente escrito. Con este método, el lector sigue el mismo rumbo, el mismísimo itinerario que yo seguí en Venecia: si describo en dos sitios un mismo lugar, prueba de que le visité dos veces.

La iglesia del Redentor, situada del otro lado del canal de Giudecca, de la Judea, es soberbia como todas, y ántes de que se me olvide, séame permitido referir ligeramente una escena que me conmovió al ir á visitar la iglesia.

Era el 18 de junio si no me equivoco: habia procesion en el barrio de los pescadores, San Nicolas. Yo, al llegar en mi góndola al pié de la iglesia del Redentor, pregunté á un hombre que se aproximó, como hacen siempre que las góndolas tocan en la orilla, le pregunté, digo, cuál era la funcion que se celebraba aquel dia. El hombre á quien me dirijí era un venerable anciano, pobremente cubierto con un raido traje.

Al oir mi pregunta dobló la cabeza, y despues de un silencio religioso de algunos minutos, me dijo con acento emocionado: «Antiguamente, en tiempo de la república, cuando yo era un muchacho, se celebraba una gran fiesta: todos los pescadores, ataviados con sus mejores galas, venian en procesion á esta iglesia, habia mucha animacion, mucho contento, mucha alegría: hoy … no hay nada, señor, silencio y tristeza … la patria no existe….»

Mi carácter, que ávido busca estas emociones por todas partes, mi opinion respecto á los austríacos, la ancianidad respetable del veneciano que tenia delante de mí, su acento tierno y sentido, todo me penetró en el alma, todo me conmovió.

Como no hay nada á mis ojos mas sagrado que el amor de Dios, la familia, la patria y la libertad, como ví profundamente triste al hombre anciano que acababa de hablar, como supuse que le seria dolorosa la idea de morir, él, tan anciano, dejando á la patria en poder de los tiranos, quise consolarle, quise consolarme á mi mismo, augurando la próxima emancipacion de la heróica y abatida Venecia, le hablé con calor, con pasion, segun mi costumbre, segun mis creencias: y su entusiasmo, nunca muerto, se despertó, y su fisonomía, plegada por el tiempo y el sufrimiento, se dilató animándose, y me tendió una de sus trémulas manos que yo me apresuré á estrechar, y juntos llamamos á Venecia en apoyo de Venecia, y juntos pedimos á Dios la emancipara, y juntos desahogamos el corazon; yo tan emocionado como él.

¡Pobre Venecia! esto me pasó, no he podido ménos de contarlo;
continuemos nuestro paseo á la iglesia del Redentor.

Tiene, como todas, bellezas de arte, cuadros y estatuas,
elegantísima fachada, gusto arquitectónico, formas y estilo.