La cuestion es muy sencilla: los nobles de Venecia, dados á la opulencia y al lujo, empezaron con sus elegantísimas góndolas, que es como si dijéramos coches de gala, á oscurecer las del dux. El fausto fué creciendo cada dia: el Gran Canal víóse henchido de magníficas góndolas, con incrustados de márfil, con estupendas molduras, con cortinajes y pabellones de damasco. Despertóse un sentimiento muy pronunciado de rivalidad que dió orígen á enemistades, duelos, y crecidísimos dispendios en las familias.

El momento habia llegado; el Senado veneciano, que jamas se dejaba imponer, y que en mas de una ocasion tuvo arranques que no correspondian á un poder republicano, dispuso, é hizo bien á mi juicio, en atencion á las fatales consecuencias que producia, que todas las góndolas, sin exceptuar una, fueran iguales, y estuvieran cubiertas con una bayeta negra.

La ley se ejecutó, y hoy está aun en vigor; hé aquí todo explicado.

De Venecia regresé á Milan deteniéndome en Verona: ya he hablado de esta ciudad. En Milan visité de nuevo la catedral, y teniendo que volver á Suiza sin atravesar los Alpes por el peligroso y encantador paso del San Gotardo, decidí dirigirme á Turin, para entrar en Suiza por el Monte Cenis y la Saboya: así lo ejecuté.

En Milan tomé billete en la diligencia hasta Novara, cuya
distancia se recorre en siete horas.

La carretera es sobradamente buena, no deja nada que desear;
pintoresca y deliciosa la campiña.

Al cruzar la frontera de Milan para entrar en territorio piamontes, ántes de Novara, la policía austríaca detuvo una hora la diligencia, nos registraron los equipajes, hojearon y visaron los pasaportes; y con el pecho prodigiosamente dilatado, con el júbilo del que sale de un calabozo para recobrar la libertad querida, con el alivio de una ponderosa carga que me oprimia, salí del territorio que profanan los tudescos, y pisé el libérrimo suelo del Piamonte.

Habia salido de Milan á las seis de la mañana, entré en Novara á las dos de la tarde. Inmediatamente se agolparon á mi cabeza todos los recuerdos de Cárlos Alberto, y solo así me interesó Novara, que en verdad tiene poco que ver.

Quizá un pensamiento de ambicion fué causa de la derrota de Cárlos Alberto; quizá la ambicion que en Novara se mostró fué orígen de deplorables acontecimientos… ¿Quién sabe si á no ser por ella Milan y la heróica Venecia no hubieran sacudido su ominoso yugo?

En Novara estuve una hora: á las tres de la tarde subí á uno de los coches del tren que salia para Turin, y á las diez de la noche entré en la capital del Piamonte.