Su extension es verdaderamente prodigiosa, pues cuenta cerca de tres leguas: se compone de altos arcos de piedra, con galerías de pasmosa longitud. Los trabajos prácticados para tamaño establecimiento han sido colosales, empleándose en él cuantiosas sumas.
Al entrar por su puerta principal se ofrece un elegante patio adornado de muchas columnas y estatuas: en su centro se ha construido un algibe de gran profundidad: en algunos sitios, que el terreno es sumamente desigual, los arcos que conducen las aguas son de una altura extraordinaria.
En el piso superior hay una plataforma anchísima desde la cual se domina toda la ciudad, con la vista del puerto.
Hay en Lisboa tres ó cuatro buenos hoteles entre los que merece especial mencion el de Braganza. Los cafés y establecimientos públicos son regulares: los palacios de Belem y las Necesidades parecen mas bien casas particulares.
Hay pocos y feísimos carruajes de plaza: en las fuentes públicas noté el mismo uso de las cubas de nuestros gallegos. No ví ningun templo monumental ni de arte, la ciudad no es muy animada, y su grande poblacion apénas se ve.
La vida del extranjero en Lisboa debe ser sumamente triste, si se atiende á los pocos recursos con que cuenta la ciudad: faltan caminos, no solamente de hierro, sinó de tierra. Los hilos eléctricos, mensajeros de luz que en todas las naciones se cruzan, faltan tambien en Lisboa.
No conozco detalladamente toda la ciudad, pero en todas las calles y plazas que recorrí, busqué inútilmente gabinetes literarios, no pude encontrar uno. En materia de bibliotecas, una sola tuve ocasion de visitar.
Hay en un extremo de la capital, pero dentro de su recinto todavía, un elegante paseo público, con buenos jardines y riqueza de árboles.
La parte de la ciudad que da frente al puerto es la mas pintoresca y hermosa.
Los teatros públicos son cuatro ó cinco, uno bastante bueno para la ópera italiana: la comedia portuguesa tiene su teatro, y las traducciones del frances tambien.