Yo no me habia embarcado nunca, pues aunque habia cruzado el canal de la Mancha sin experimentar incomodidad alguna, tan corta navegacion no merece el nombre de viaje marítimo.
Al poco tiempo de haber salido de Southampton, la niebla espesa que casi todo el año envuelve las costas de Inglaterra, cercó nuestro buque y quedamos envueltos en la neblina.
Entónces, el capitan, colocándose á la proa, mandó la operacion que ordinariamente se hace en estos casos, consistente en herir de minuto en minuto con un martillo una campana de metal, cuyos ecos anuncian la marcha del buque, con objeto de evitar un choque con cualquiera embarcacion, cosa que fácilmente sucederia sin este aviso.
Cruzamos la ria de Southampton, el golfo de Gascuña, Finisterre; pasamos por enfrente de Burdeos, y al cuarto dia de viaje llegamos á Lisboa.
El Great Western, vapor que me condujo, es una colosal embarcacion de 2,500 toneladas, con un puente de una extension prodigiosa y unos anchos y soberbios salones.
Salimos de Inglaterra doscientos pasajeros, y cada uno tenia cómodamente su puesto en la mesa, pues el comedor es un magnífico salon. Los camarotes, de dos camas en su mayor parte, son estrechos y poco confortables.
El trato que reciben los viajeros es bueno: á las nueve de la mañana se sirve el almuerzo, á medio dia el indispensable lunch ingles, que equivale á tomar las once, á las cuatro una abundante comida, inglesa por de contado, á las siete el té con pan y manteca.
De Southampton á Lisboa, todos los viajeros estuvimos en cama veinticuatro horas. El mar de Inglaterra y el golfo de Gascuña, constantemente agitados, dan al buque un movimiento continuo que no hay viajero que soporte sin incomodidad.
En Lisboa nos detuvimos doce horas, continuando despues nuestra marcha por un mar sosegado y tranquilo, llegando á las treinta y seis horas á Madera.
Esta bellísima isla que goza de un saludable clima y produce el celebrado vino que en todas las buenas mesas se sirve, merece un viaje. Ocho horas solamente descansamos en Madera, en cuyo tiempo visitamos parte de la isla, corriendo sobre los esbeltos y ligeros caballos que aguardan dispuestos y enjaezados á la orilla del mar siempre que llegan viajeros. Los alquilan por un moderado precio, y con su ayuda se goza del encanto que producen los pintorescos paisajes que por todas partes se ofrecen.