Al salir de San Vicente dió principio el verdadero viaje: nos engolfamos en pleno Océano, solos, en medio del poderoso Atlántico, sin mas testigos que Dios, sin otro horizonte que un círculo siempre el mismo, cerrado por todas partes por la inmensidad.

Al salir de San Vicente, se despide el viajero de la tierra que no vuelve á ver en ocho dias; el mar y el cielo son su única perspectiva en todo ese tiempo.

Hay algo de solemne y magnífico en un viaje por mar, por ese prepotente elemento que nos habla del infinito con la tremebunda voz de su cólera.

El mar, cuyos secretos permanecen en el misterio, que nuestra curiosidad no acierta á comprender, que la ciencia no explica, que nos habla con su eterno movimiento sin que podamos saber qué es lo que nos dice; el mar, digo, es soberbiamente majestuoso y grande.

El hombre, que á pesar de su pequeña talla ha obrado prodigios de gigante, ora recojiendo el rayo en su mano, ora barrenando las montañas, ya descendiendo á las entrañas de la tierra para robarla sus guardados secretos, ya escalando el cielo para ver de cerca esas lumbreras que le cubren y cuya marcha ha averiguado; el hombre, que por todas partes imprime la huella de su paso, no ha conseguido nada del mar.

El arrojo de los navegantes, á los que la industria humana ha prestado casas flotantes para cruzar las soledades del Océano; la ciencia, que una tras otra le ha suministrado al marino nuevas conquistas, con las cuales sabe donde va y por qué sitios, cuanto anda y adonde se encuentra; el vapor, que le ha facilitado marchar velozmente y en todas las épocas del año, sin tener que someterse como ántes á la poderosa ayuda de los vientos; todo en una palabra, solo ha servido para que los hombres se comuniquen, para estudiar y conocer el mundo, para grandes y poderosas conquistas, es verdad, pero no para imprimir la huella del hombre, pero no para marcarle con el sello del genio como el hombre hace con todas sus obras.

El mar, el poderoso mar, quizá demasiado soberbio, no quiere que el hombre le señale.

El hombre ha cambiado mil veces la faz de la tierra sembrando ciudades, cortando montañas, haciendo excavaciones inmensas, barrenando istmos: pues bien, la superficie del mar está hoy como al dia siguiente de haber brotado del soplo de Dios, y así estará hasta el último y postrero instante del mundo. Pasa una magnífica nave por las ondas del océano, abre un sulco, inmediatamente se avanzan nuevas olas y borran la huella; por eso gritan eternamente al rededor de un buque, se impacientan al sentirle, pero inmediatamente que pasa se lanzan á borrar sus trazas.

El océano es la imágen de la inmensidad, el espejo de Dios, la
brillante prueba de su existencia.

Ocho dias estuve solo en pleno océano, sin otra cúpula que el
firmamento, sin otro apoyo que el abismo.