—¡Dios mío! ¡Que haya muerto! ¡Dios mío!...

—¿Por qué hago esta estúpida plegaria?—se preguntó furioso.—No, no ha muerto. ¿Y por qué debo buscarla? ¿Acaso ella no me abandonó? Soy un loco, y Margarita se reiría si supiera que yo sostengo tan estúpida lucha. ¿Soy el primer hijo del pecado que se eleva y consigue el aprecio de los demás? Pero ella es mi mala sombra. Yo debo buscarla y llevarla á vivir conmigo, y en este caso una mujer honrada nunca querrá vivir con nosotros; ella y yo seremos una misma persona. Mañana debo escribir á Margarita. Sí, mañana. ¿Y si ella, á pesar de todo, siguiese queriéndome?

Creyó desmayarse de gusto á este solo pensamiento; pero comprendió en seguida todo lo absurdo que era y recayó en la desesperación.

Ni al día siguiente, ni nunca, pudo escribir á Margarita el secreto propósito que le perseguía, elevándole, arrastrándole por el suelo, como hoja juguete del viento.

—Se lo diré de palabra,—pensaba; pero comprendía que no tendría valor para ello, y se enfadaba contra su cobardía, y al propio tiempo se alegraba secretamente, sin atreverse á confesarlo, de que aquella cobardía le impidiese siempre realizar lo que llamaba su misión. Sin embargo, á veces le parecía tan heroica aquella misión, que la idea de renunciar conscientemente á ella le apenaba.—¡Mi vida sería inútil como lo es para la mayoría de los hombres, si renunciara á mi misión!—pensaba. Y en aquellos momentos de romanticismo experimentaba cierto placer, al sentir la lucha entre su deber terrible y su amor aumentado morbosamente por la misma lucha.

Desde la noche del escándalo no volvió á asomarse al balcón. La vista de las casitas,—de las cuales ni hasta recurriendo á la policía se conseguía echar á las infelices inquilinas,—le molestaba en extremo. Sin embargo, saliendo y entrando de su casa veía con frecuencia á las dos mujeres en el balcón, entre claveles y trapos colgados, ó sentadas en el portal.

Una especialmente,—la del Cabo de Sopra,—alta y esbelta, con los cabellos muy negros y los ojos de un azul obscuro, atraía su atención. Se llamaba Marta Rosa: estaba casi siempre borracha. Unos días vestía miserablemente, y rodaba por las calles desgreñada, descalza ó con unos zapatos viejos, y otros se ponía sombrero, un vestido elegante y un abrigo de terciopelo color de violeta, adornado con plumas blancas. Á veces estaba sentada en el balcón, fingiendo coser, y cantando, con voz aguda y afinada, bonitas canciones de su país, interrumpiéndose para decir insolencias á la gente que la molestaba con sus bromas, ó á las vecinas con las que disputaba continuamente porque seducía á sus maridos ó á sus hijos. Cuando cantaba, su voz llegaba hasta el cuarto de Anania, quien sufría oyéndola.

Cantaba á menudo esta canción:

El soldado en la guerra,
Dicen que se ha olvidado,
Que no se acuerda de Dios.
Se reduce el cuerpo mío.
Después de estar sepultado.
Á siete onzas de tierra[31]

—¿Por qué no piensa en lo que canta?—se preguntaba Anania.—¿Por qué no piensa en la muerte, en Dios, y se enmienda? Pero, por otra parle, ¿qué podría hacer ella sola? Nadie le daría trabajo; la sociedad no cree en el arrepentimiento de esas mujeres. Pero podría matarse; es la única solución.