—¡Dios mío! ¡Que haya muerto! ¡Que haya muerto! ¡Dios mío! ¡Tened piedad de mí!—decía sollozando, durante aquella noche, atormentado por el insomnio y los tristes pensamientos.
La idea de que una de las mujeres que vivían en las casitas color de rosa pudiera ser su madre, se había desvanecido después de las informaciones que durante la cena le dió la patrona. ¿Pero qué importaba? Si no allí, en otro sitio desconocido, pero real, en Cagliari, en Roma ó en otra parte, ella vivía y llevaba, ó había llevado, una vida semejante á la de las mujeres que los vecinos de la calle de San Lucífero querían echar de su barrio.
—¿Por qué me habrá escrito Margarita?—pensaba con angustia.—¿Y por qué le habré contestado? Aquella mujer nos separará siempre. ¿Por qué he soñado? Mañana escribiré á Margarita y se lo contaré todo.
—¿Pero qué puedo decirle?—pensó después, dando vueltas y más vueltas en la cama.—¿Y si aquella mujer ha muerto? ¿Por qué renunciar á la felicidad? ¿Acaso no debe saber Margarita que soy hijo del pecado? Si se avergonzara de mí, no me habría escrito. Sí; pero seguramente cree que mi madre ha muerto, ó que para mí es como si no existiera; mientras que yo siento que vive, y no renuncio á mi deber, que consiste en buscarla, encontrarla y sacarla del vicio... ¿Y si se ha enmendado? No, no, no se ha enmendado. ¡Ah, es horrible! ¡Yo la odio, la odio!... La mataré...
Crueles visiones pasaban por su mente. Veía á su madre peleando con otras mujeres, con hombres sucios y groseros, oía gritos terribles y temblaba de odio y repugnancia.
Hacia media noche tuvo una crisis de lágrimas; sofocó los sollozos mordiendo las almohadas, encogiendo los brazos y clavándose las uñas en el pecho. Durante aquella crisis, arrancó el amuleto que Olí le había colgado del cuello el día de la fuga de Fonni, y lo lanzó contra la pared. ¡Del mismo modo hubiera querido arrancar y echar lejos de sí el recuerdo de su madre! De pronto se asombró de haber llorado. Se levantó y buscó el amuleto, pero no se lo volvió á colgar del cuello. Después se preguntó si habría sufrido igualmente pensando en su madre, en el caso de no amar á Margarita. Se contestó que sí. De vez en cuando se hacía una especie de vacío en su mente. Cansado de atormentarse, su pensamiento vagaba persiguiendo visiones extrañas al cruel problema que le preocupaba. Oía el rugido del viento y la voz del mar, que parecía el mugido de innumerables toros embistiendo en vano contra la escollera; y por contraste pensaba en un bosque agitado por el viento y plateado por la luna; y recordaba los bosques del Orthobene donde tantas veces, mientras cogía violetas, el rumor del viento en las encinas le había producido la ilusión del mar. Pero de pronto el problema cruel le asaltaba con renovada angustia... ¿Y si se hubiese enmendado? ¡Es igual; es igual! Yo debo buscarla, encontrarla y socorrerla. Ella me abandonó por mi bien, porque de otro modo, nunca habría tenido un nombre ni un puesto en la sociedad. Siguiendo á su lado hubiera llegado á mendigar; tal vez hubiese vivido deshonrado; tal vez habría llegado á ser un ladrón, un criminal... ¿Y ser como soy no es lo mismo? ¿No estoy igualmente deshonrado?... ¡No, no! ¡No es lo mismo! ¡Ahora soy hijo de mis obras! Pero Margarita no querrá ser mía, porque... ¿Pero por qué no? ¿Por qué? ¿Por qué no querrá ser mía? ¿No soy un hombre honrado? ¿Qué culpa tengo yo de lo que me pasa? Ella me quiere; sí, ella me quiere, precisamente porque soy hijo de mis obras. ¡Además, tal vez aquella mujer ha muerto! ¡Ah! ¿Á qué hacerme ilusiones? No ha muerto, lo presiento; vive y aún es joven. ¿Cuántos años tendrá ahora? Unos treinta y tres... ¡Ay, es joven, es joven!
La idea de que era joven le enternecía algo.
—Si tuviera cincuenta años no podría perdonarla. ¿Pero por qué me abandonó? Si me hubiese conservado á su lado no habría vuelto á caer en el mal. Yo habría trabajado, y ahora sería labrador, pastor, obrero... No conocería á Margarita, no sería desgraciado...
Aquel pensamiento le disgustaba. No amaba el trabajo ni la gente pobre. Había soportado el miserable ambiente en donde transcurrió hasta entonces su vida, porque confiaba firmemente en librarse de ella.