—¿Qué harían los guardias?—contestó el hombre sin mirar al estudiante.—¡No pasa semana que no vengan! Empujón de aquí, empujón de allá, queda todo en paz y vuelve á empezar al día siguiente. ¡Mientras no se lleven á todas estas mujeres!—Y añadió, amenazando desde lejos á los que alborotaban:—¡Esperad un poco! ¡Esperad un poco que todos hayamos firmado el recurso al jefe de policía!
—¿Pero qué pasa?—preguntó Anania, de cada momento más asombrado.
El hombre le miró despreciativamente.
—¡Son mujeres perdidas! ¡No hay por qué asustarse!
Anania subió á su casa pálido y jadeante, y la patrona advirtió su turbación.
—¿Qué tiene?—le preguntó.—¿Se ha asustado usted? Son mujeres alegres, con sus... fulanos, que pelean por celos. Pero ahora las vamos á echar. Hemos recurrido á la policía.
—¿De dónde son?—preguntó.
—Una es de Cagliari; la otra creo que del Capo di Sopra. ¿Quién sabe?
La gritería aumentaba. Sobresalía la voz de una mujer quejándose cual si la matasen, y el llanto de un chiquillo... ¡Dios santo, qué horror! Anania temblaba, y atraído por una fuerza irresistible corrió á abrir el balcón. Arriba, en el cielo purísimo, la luna y las estrellas; abajo, en el primer término del vaporoso cuadro de la ciudad, la bestial escena, de donde salían, como de un grupo de condenados, gritos de rabia y blasfemias. Anania estuvo mirando angustiosamente, con el alma oprimida por un pensamiento tremendo...
Llegaron corriendo los guardias. Dos hombres se separaron del grupo, huyendo hacia el jardín; los demás se calmaron, las mujeres corrieron á encerrarse en sus casas. En un momento callaron todas las voces, la calle quedó desierta, y en el silencio resonó solamente el lejano rodar de un coche y el croar de las ranas á la luna. Pero en el alma de Anania continuó el doloroso tumulto, ¡como si en el luminoso mar que había sentido en su interior, mientras releía la carta de Margarita sobre la colina de Bonaria, se hubiese levantado formidable tormenta!