«Mientras te escribo, oigo croar las ranas en los lejanos huertos, y veo asomar la luna, como un rostro de alabastro, por el verdoso cielo del templado crepúsculo. ¡Es la misma luna que veía salir del solitario horizonte nuorense, es el mismo rostro redondo y melancólico que veía asomarse por los picachos del Orthobene, pero cuánto más dulce, cambiado y sonriente me parece ahora!».

Después de echar al correo su primera carta, Anania sintió el mismo impetuoso deseo de correr al aire libre, monte arriba, que cuando mandó el soneto: y no pudiendo correr, empezó á andar deprisa hacia la colina de Bonaria.

La espléndida noche daba una placidez oriental al paisaje. El sendero que conducía al Santuario estaba desierto, y la luna empezaba á brillar entre los árboles inmóviles. El cielo azul verdoso tomaba, junto á la línea nacarada del mar, un color verde inverosímil, surcado por nubes rosadas y violáceas.

Parecía un sueño.

Anania sentóse en la explanada del Santuario, iluminada por la luna, entregándose á la magnífica visión del mar. Las olas reflejaban la verde luminosidad del cielo y la fosforescencia de las nubes de colores y de la luna, y cual enormes conchas de líquido nácar, rompían al pie de la colina, deshaciéndose en plateada espuma. Cuatro barcas de vela, alineadas en el fondo luminoso, parecían inmensas mariposas, bebiendo ó descansando sobre el agua.

Nunca volvió á sentirse tan feliz como en aquel momento. Le parecía que su alma fuese ondulante, esplendorosa, tan grande como el mar; y que un hada benéfica le había transportado á un misterioso país de Oriente, dejándole en el umbral de un palacio encantado, pronto á abrirle sus puertas.

Á la luz de la luna y del crepúsculo, descifró algunas frases de la carta de Margarita. Después la besó, la guardó, y de mala gana se levantó para regresar á la ciudad. Ahora la luna sembraba el sendero de monedas y encajes de plata. Aún se oían las ranas y el canto de unos pescadores. Todo era plácido, pero el estudiante sintió una extraña melancolía y casi un presentimiento.

Al llegar al jardincito de San Lucífero, oyó gritos, chillidos de mujeres y voces de hombres que pronunciaban frases insultantes. Echó á correr y al llegar vió, delante de las casitas color de rosa que se descubrían desde su balcón, un montón de gente peleándose. En las ventanas de la casa donde vivía no había nadie asomado. Parecía que los vecinos estaban acostumbrados á presenciar aquellas escenas, á ver aquella gente que reñía en medio de una gritería infernal, soltando las injurias más asquerosas que el hombre puede vomitar contra sus semejantes.

Ante el jardincito, un hombre gordo, con un traje de terciopelo negro, inmóvil, iluminado por la luna, gozaba contemplando la escena.

—¿Pero y los guardias? ¿Por qué no vienen?—le preguntó Anania, conmovido.