Anania no se fijaba en las casitas. Sus fascinados ojos recorrían el admirable escenario de la ciudad moruna, donde las casas pintadas de color rosa, subían hasta la línea de palacios medioevales proyectados sobre un cielo oriental.
En los últimos días de octubre aún hacía calor. El aire estaba impregnado de extrañas fragancias, y las señoras que pasaban por bajo el balcón de Anania hacia la iglesia de San Lucífero, llevaban trajes de muselina ú otras telas delgadas. Al estudiante le parecía estar en un país encantado, y el aire fragante y enervador, la comodidad de su espléndida habitación, y la dulzura de su nueva vida, le producían la vaga impresión de un sueño. Se apoderó de él una especie de somnolencia voluptuosa, y á través de ella las impresiones de su nueva existencia y los recuerdos del pasado tan reciente, le llegaban dulces y velados. Todo le parecía hermoso y grande: las calles, las iglesias, las casas. ¡Cuánta gente había en Cagliari! ¡Cuánta elegancia y cuánto lujo!
La primera vez que pasó por delante del Café Montenegro y vió un grupo de jóvenes elegantes con los bigotes hacia arriba y las botas de color, sintió una extraña impresión recordando la almazara y la gente sucia que allí se reunía. ¿Qué debe pasar por allá? La vida humilde de la pobre gente del barrio proseguiría indudablemente su curso melancólico, mientras aquí, en los cafés resplandecientes, en las calles luminosas, en las altas casas batidas por el sol, el viento y el aire del mar, todo era luz, alegría y lujo.
La primera carta de Margarita aumentó su alegría de vivir. Era una carta sencilla y tierna, escrita en una hoja grande de papel blanco, con caracteres redondos, casi masculinos. Indudablemente Anania esperaba una cartita azul, con una flor dentro; y en un principio le pareció que tratándole de aquel modo, sin etiqueta, Margarita quería dominarle, y hacerle sentir desde el primer momento su superioridad; pero después, por las frases sencillas y afectuosas, que parecían continuación de una larga é ininterrumpida correspondencia, comprendió que ella le amaba sinceramente, con ingenuidad y fuerza, y sintió una dulzura inexplicable.
Le decía en su carta que cada noche pasaba largas horas en la ventana, creyendo que debía verle pasar de un momento al otro, como solía hacerlo antes de partir. Le disgustaba mucho la separación, pero le servía de consuelo pensar que él estaba estudiando y preparando de este modo el porvenir.
Y por último le decía dónde debía dirigir la contestación, encargándole el secreto más absoluto, porque si sus padres se enteraban de sus amores, se opondrían rigurosamente como era natural.
Anania contestó en seguida, temblando de amor y felicidad, si bien algo oprimido por el remordimiento de traicionar á su bienhechor.
Y raciocinando á lo sofista, decíase:
—Si amando á la hija la hago feliz, no hago daño alguno al padre...
Le describía las maravillas de la ciudad y de aquel hermoso otoño.