El empleado, que conocía á Anania como á casi todos los demás viajeros, encendió tranquilamente la pipa y dijo chupando:
—¡Ya llegarás! Si tienes prisa, echa á volar.
—¡Ojalá pudiera!
Anania contempló, sobre un picacho, un nuraghe negro, parecido á un nido de gigantescos pájaros, y deseó encontrarse allí, con Margarita, solos entre las ruinas y los recuerdos, aspirando el silvestre olor del lentisco; solos, sugestionados por las sombras y fantasmas de pasiones épicas. ¡Ah, cuán grande se sentía!
De pronto, las azules montañas de la nativa Barbagia se pierden en el horizonte; por detrás de otros montes violáceos, aún se ve una cresta del Orthobene, destacando sobre un cielo pálido; aún se ve un pedazo, una punta, una piedra... ya no se ve nada. También los montes se ocultan como el sol y la luna, dejando un triste crepúsculo en el alma.
Adiós, adiós. Anania sintióse triste, y para animarse pensó intensamente en el beso de Margarita, cuyo recuerdo no le abandonaba un instante. ¡Ah! Le parecía tener siempre á su lado á la deliciosa criatura. La impresión vivísima de su cara y el contacto eléctrico de su fresca boca, le producían estremecimientos de placer. Viéndola no hubiese sentido la embriaguez que sentía pensando en ella; no sufría al marcharse, porque quedándose en Nuoro no habría sabido vivir lejos de ella.
De cuando en cuando un estremecimiento recorría su cuerpo. ¿No sería todo aquello un sueño? ¿Y si ella olvidaba ó se arrepentía? Inmediatamente el orgullo le hacia recobrar las esperanzas. Aquella embriaguez duró bastantes días, todo el tiempo que duró el aturdimiento de la nueva vida.
Todo le salía á pedir de boca. Parecía que la fortuna, arrepentida de las injusticias con él cometidas, se había empeñado en favorecerle hasta en las cosas más insignificantes.
Apenas llegó á Cagliari encontró una hermosísima habitación con dos balcones; de uno de ellos se gozaba de un panorama limitado por las montañas y el luminoso mar, á veces tan en calma, que los vapores y veleros parecían grabados sobre una placa de acero; desde el otro balcón descubríase casi toda la ciudad, rosada, avanzando sus baluartes y el castillo entre palmeras y flores, como una ciudad moruna.
Durante mucho tiempo Anania prefirió este balcón, bajo el cual pasaba una blanca calle, separando la casa nueva donde él habitaba, de una hilera de casitas viejas, recién pintadas de rosa,—que daban la idea de viejas recompuestas,—con balcones salientes llenos de claveles, y de andrajos puestos á secar al sol.