En Cagliari Anania cursó el Liceo y dos años de Universidad. Estudiaba leyes.

Aquellos años fueron como un intermedio de su vida; una música dulce y ardiente.

En el tren, mientras atravesaba los paisajes solitarios que el otoño hacía más tristes, sentía una nueva vida. Le parecía ser otro; haber cambiado de ropa, poniéndose un traje nuevo, holgado y cómodo, quitándose el roto y estrecho que llevaba. ¿Le hacía feliz el beso de Margarita, el adiós á todas las cosas pequeñas y mezquinas del pasado, la alegría algo temerosa de la libertad, ó el pensar en el mundo desconocido hacia el cual corría?

Ni lo sabia ni trataba de averiguarlo.

Una embriaguez profunda, compuesta de orgullo y voluptuosidad, le envolvía de un vaporoso perfume, á través del cual vislumbraba horizontes jamás soñados. ¡Cuán bella y fácil era la vida! Sentíase fuerte, guapo, victorioso. Todas las mujeres le amaban, todas las puertas se abrían á su paso.

Durante el viaje de Nuoro á Macomer estuvo siempre sobre la plataforma del vagón, sacudido fuertemente por los desagradables movimientos de aquel tren en miniatura. Poca gente subía y bajaba en las solitarias estaciones, donde las acacias, aburridas por la soledad, parecían esperar el paso del tren para arrojarle nubes de hojas amarillas.

—¡Ea!—decían las acacias al tren,—toma, monstruo antipático; nosotras estamos siempre quietas y tú caminas. ¿Qué más deseas?

—Sí,—pensaba el estudiante,—la vida está en el movimiento.

Y creía sentir la fuerza alegre del agua corriente, cuando hasta entonces su alma había sido un pequeño pantano con sus orillas ahogadas por fétidas plantas. Sí, las solitarias acacias de las inmóviles soledades sardas tenían razón. Sí, moverse, andar, correr vertiginosamente, esto era vivir.

—¿Pero no marcha aún este diablo de tren?—preguntó el estudiante á un empleado, durante una de las interminables paradas.