El estudiante empezó á correr por todas partes lleno de alegría; no sabia dónde pararse, tan deliciosos eran todos los sitios y tan fascinantes las lejanías. Cogió un manojo de lirios murmurando el nombre de Margarita. Subió á una alturita llena de verdes gamones, desde donde se gozaba la triple visión de la ciudad, roja por el ocaso, de los azulados pantanos y del mar que parecía un inmenso crisol de oro fundido. El cielo ardía; la tierra exhalaba delicadas fragancias. Un grupo de nubes azules, perdidas en el horizonte, con perfiles de camellos y guerreros, daban la idea de una caravana desapareciendo hacia los esplendores del África vecina.

Anania sintióse tan feliz, que agitó su pañuelo y se puso á gritar saludando á un ser invisible,—al alma del mar, al resplandor del cielo, al espíritu de lejanías inefables: ¡á Margarita!

Desde entonces los pinares de Monte Urpino fueron el reino de sus sueños. Poco á poco llegó á considerarse casi dueño de aquel lugar, de tal manera, que le molestaba encontrarse con algún paseante por los solitarios senderos. Á menudo permanecía en el pinar hasta la caída de la tarde, presenciando desde allí los rojos ocasos reflejados por el mar, ó sentado entre los lirios contemplaba el salir de la luna, grande y amarilla, por entre los inmóviles pinos. Un día, sentado sobre el césped de una ladera, más allá de un pequeño barranco, oyó el tintineo de un rebaño, y le asaltó un ímpetu de nostalgia como nunca había sentido.

Ante él, más allá del barranco, el sendero perdíase misteriosamente á lo lejos. Los rosados pinos esfumábanse sobre un cielo puro, el musgo tenía reflejos de terciopelo. Venus brillaba en el rojo horizonte, sola y risueña, asomándose antes que las demás estrellas para gozar, sin estorbos, de la dulzura del crepúsculo.

¿En qué pensaba la solitaria estrella? ¿Tenia el amante ausente? Anania se atrevió á compararse con el astro radiante, tan solo en el cielo como él en la tierra. Tal vez en aquellos momentos Margarita contemplaba la estrella de la tarde. ¿Qué debía hacer la tía Tatana? El fuego ardía en el hogar y la buena viejecita preparaba melancólicamente la cena, pensando en su querido hijito ausente. Y en cambio él, casi nunca pensaba en ella; era un ingrato y un egoísta. ¿Pero qué culpa tenía? Si en el puesto de la tía Tatana hubiese habido otra mujer, su pensamiento hubiera volado constantemente de aquel hogar á una ventana de las cercanías... Y en cambio aquella mujer... ¿Dónde estaría? ¿Qué debía hacer en aquel momento? ¿Descubrirían sus ojos la estrella de la tarde? ¿Había muerto? ¿Vivía? ¿Era rica ó pobre? ¿Y si estuviera ciega? ¿Ó en la cárcel? Tal vez esta última hipótesis era originada por el tintineo del lejano rebaño que vigilaba,—según sabía Anania,—un preso de la penitenciaría de San Bartolomé, un antiguo pastor que aún debía purgar un año de prisión. ¡Basta ya! Para apartar los pensamientos melancólicos, el estudiante se levantó, bajó y subió corriendo el barranco, y se internó por el sendero, pensando que se acercaba la Pascua.


Por fin llegó el día del regreso. Anania partió, lleno de una felicidad casi angustiosa; tenía miedo de morir durante el viaje, de no llegar á ver las queridas montañas, la calle tan conocida, el dulce horizonte, la cara de Margarita...

—Pero si me muriera ahora,—pensaba con la frente apoyada en la mano,—si me muriera ahora, ella no podría olvidarme jamás...

Afortunadamente llegó sano y salvo. Volvió á ver sus queridas montañas, los salvajes valles, el dulce horizonte, la cara amoratada de Nanna que fué á esperarle á la estación.

Hacía más de una hora que le esperaba. Apenas vió la cara de Anania, abrió los brazos y empezó á llorar.