—¡Hijito mío! ¡Hijito mío!
—¿Qué tal? ¿Cómo está? ¡Tome!—gritó Anania, echándole entre los brazos la maleta, un paquete y un cesto, para librarse del no deseado abrazo.
—¡Vaya, vaya!—dijo después.—Vaya delante, por allá, yo me marcho por aquí. ¡Vaya!
Y echando casi á correr desapareció dejando estupefacta á Nanna. ¡Ya! ¡Por fin solo! Debía pasar por la calle tan conocida; ella le esperará en la ventana y no tienen necesidad de testigos para verse. ¡Qué pequeñas son las casas de Nuoro, y las calles cuán estrechas y desiertas! ¡Mejor! ¡Casi hace frío en Nuoro! Ya ha llegado la primavera, pero pálida y delicada como una niña convaleciente. ¡Ea, ya viene gente!; y entre ella Francisco Carchide, que, reconociendo al estudiante, empieza á hacer demostraciones de alegría. ¡Mecachis!
—¡Hola! ¿Cómo estás? ¡Bien llegado, hombre, bien llegado! ¡Chico, cuánto has crecido! ¡Pues no vienes poco elegante!
Carchide no acaba de contemplar los zapatos de color que lleva Anania, quien se muere de impaciencia.
Por fin se ve libre. ¡De prisa, de prisa! El corazón le palpita de cada vez más fuerte. Una mujer se asoma á la puerta, mirando curiosamente, pero Anania pasa corriendo y desde lejos oye que dicen: «¡Es él! ¡Vaya, vaya si es él!». Sí, es él. ¿Y qué os importa? ¡Ah! ¡Ya! ¡Por fin! Ésta es la calle que conduce á la otra, á la conocida, á la querida calle. ¡Por fin! ¿Pero no está soñando? Oye pasos y se exaspera; por fortuna son unos chiquillos que juegan, tropiezan con él y huyen corriendo. ¿Y en su calle habrá alguien? Bien quisiera correr como aquellos chiquillos, pero no puede, no debe. Por el contrario, toma un aspecto formal, grave, se arregla la corbata, sacude con las puntas de los dedos las solapas del abrigo. Sí; lleva un abrigo largo, claro, elegante, que ella aún no ha visto. ¿Le conocerá en seguida con aquel abrigo? Tal vez no. ¡Por fin! ¡Por fin ahí está la calle! Allí el portón rojo. Allí está la casa blanca con las persianas verdes. Pero ella no está asomada! ¿Por qué? ¿Por qué no está asomada, Dios mío?
Anania se para, palpitante. Afortunadamente la calle está desierta. Solamente una gallina negra pasea tranquilamente, alzando mucho la pata antes de apoyarla en tierra y entreteniéndose en picotear la pared. Qué gusto saca con ello no se sabe. Tal vez quiere cazar hormigas, tal vez quiere probar la resistencia del muro... ¡Ea, es preciso seguir andando, á menos de exponerse á que le vean algunos ojos curiosos! Y empieza á andar, lentamente, como la gallina; y aun cuando no hay nadie en la ventana, no cesa de mirarla fijamente un solo instante y se conmueve y siente que el corazón le da saltos en el pecho.
De pronto cree desmayarse. Margarita se ha asomado, pálida por la emoción, y le mira con ojos apasionados. Él también se pone pálido y no piensa en saludarla, ni en sonreírse; no piensa en nada, y durante largo rato no ve más que aquellos ojos apasionados de los cuales se desprende una inefable voluptuosidad.
Anduvo automáticamente, volviéndose á cada paso, perseguido por aquellos ojos embriagadores. Y sólo cuando Nanna, con la maleta sobre la cabeza, el paquete bajo el brazo y el cesto en una mano, apareció jadeante en el fondo de la calle, salió de su asombro y apretó el paso.