Algún frailuco, de los últimos que quedaban en el vetusto y húmedo convento, desastrado, sucio, con las sandalias rotas, rezando en dialecto atravesaba el patio. Á menudo el carabinero de la ventana y el fraile desde la escalinata, trababan pueriles conversaciones con los niños del patio. Á veces el carabinero se dirigía directamente á Anania, pidiéndole noticias de su madre:

—¿Qué hace tu madre?

—Hila.

—¿Y nada más?

—Va á la fuente.

—Dile que se venga por acá, que he de hablar con ella.

—Sí señor,—contestaba el pobre inocente.

Y lo contaba á su madre, y Olí le daba en cambio algún bofetón y le prohibía que volviera al patio (sin embargo una vez la vió que hablaba con un carabinero); pero, como es natural, la desobedecía, porque no sabía estar sino con Zuanne ó con los hijos del cerero.

Excepto los domingos y el día de la fiesta de los Mártires, en primavera, una triste soledad reinaba en la Basílica,—cuyas pinturas y estucos parecían consumirse por el abandono y olvido en que se les tenía,—en el gran patio asoleado, en las arcadas ruinosas llenas del olor de la cera, y bajo el enorme nogal que á Anania le parecía más alto que el Gennargentu; y sin embargo, siempre recordó con nostálgica dulzura aquel sitio solitario en donde, en primavera, crecía la avena entre las piedras, y en otoño las hojas secas del nogal caían como alas de pájaros muertos. Zuanne, que también sentía rabiosos deseos de jugar en el patio y se aburría cuando Anania no le acompañaba, estaba celoso de los hijos del cerero, y hacía todo lo que podía para que su amigo no fuera con ellos.

—Ven mañana conmigo,—decía á Anania, mientras asaban castañas sobre las brasas del hogar.—Te mostraré un nido de liebres. Hay muchas, muchas, mira, muy chiquititas, como los dedos de la mano; no tienen pelo, con unas orejas muy largas.—Y terminaba, fingiendo maravillarse:—¡Diablo! ¡qué orejas más largas tienen!